Dédalus sin laberinto PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Hugo Cortés   

 

 

Una lectura hipertextual del Ulises de Joyce


Stephen Dédalus no es otra cosa que el hipertexto de Leopold Bloom. Debería decir quizá que es el híper-personaje de su encarnación postrera. Claro que esto es una obviedad: todos somos nuestra propia explicación del porqué llegamos a ser lo que somos. Sin embargo, Bloom se encuentra consigo mismo de frente, convive codo a codo con su semejanza, se reconoce. Por supuesto que esto no ocurre de manera unidireccional: Bloom a su vez resulta ser el correlato de la presencia futura del mismo Dédalus. Esto nos lleva a una de las tantas bifurcaciones en el camino de la disolución del sentido contenidas en el Ulises de Joyce: ¿cómo entender la existencia de cualquier ser si no se cuenta con los referentes directos de su conformación temporal, sea esta retrospectiva o no? Esto resulta tanto más inverosímil en cuanto pretendemos aprehender esta naturaleza, si contamos apenas con las referencias de un solo día para realizarlo. Y además… ¿qué significa un día de existencia sin cada uno de los sucesos que lo definen?

A su vez Ulises mismo (entiéndase en este caso Odiseo) resulta ser el híper-personaje de todo ser humano que pretende liberarse de la enajenación que implica la propiedad y apropiación que la lógica que la guerra trae consigo. Es de esta forma como, a través de Lestrigones, Cíclopes, Sirenas y diversos naufragios, Ulises se encamina hacia su propiedad mancillada, para ganarla nuevamente por mérito propio: Penélope y Telémaco le son suyos no porque los haya esclavizado, de la misma forma en la que se restringe la libertad del tributo por medio de la violencia, sino por el amor que a través de la fidelidad le son entregados voluntariamente (parece anecdótico que obtenga este homenaje después de asistir a la guerra-rapto-desagravio que significa el principio del nominal para los Helenos, y que no tuvo más merito que devolver por la fuerza a la esposa fugitiva).

Sintomáticamente, una vez que se tiene la intención declarada de poner orden en las ideas (ya bien sea mediante la lectura o la resistematización racional de las constantes divagaciones en el texto) se entra en el laberinto del sinsentido; se libra pues la batalla que nos define a través de la negación de nosotros mismos y nuestros supuestos: penetramos al intrincado panorama que nos plantean las palabras y sus significantes, todo esto rodeado de un clima de inconexiones y distracciones conspiradoras. El hecho es que el basamento de nuestras certezas se encuentra precisamente ahí, en los mismos parajes del sinsentido que tratamos de evadir.

Es así como, haciendo un acto de honesta contrición (o bien lo más cercanamente posible al género de los absolutos) se nos abre la posibilidad de sumergirnos dentro de nuestros lenguajes primigenios que plantean esquemas de entendimiento igualmente primarios. Con Ulises, nos encontramos en el viaje hacia nuestra imagen significante de la Ítaca redentora. Así, entre los océanos turbios regidos por el agravio de Poseidón, se traza un sentido, entre las paulatinas y revueltas imágenes que el pausado 16 de junio de 1904 causa sobre nuestra visión propia; la comprensión ocurre en el intento de dilucidar lo que los diferentes estímulos provocan sobre nuestra propia historia.

Una vez dentro resulta irónico que, buscando salir bien librados de la batalla entre las diferentes etapas y formas del entendimiento, es a través de la sistematización del conocimiento que requiere el acercamiento a las referencias de Poldy lo que hace asequible su propia alma, dado que se trata de un tipo de comprensión ajena a la que estamos penetrando: después de todo no somos nosotros quienes merecemos los cariñosos reproches, con tintes de amenaza, que refiere Martha a "Henry" en su tan comprometedora carta.

De hecho más que un caso de ironía, el lector se ve envuelto dentro de una paradoja: luego de haber hecho lo propio al rodearme de todas las referencias que me fueron posibles para transformarme, al menos de una manera subrepticia, en el pasajero del subconsciente de Bloom, esto es, releyendo las veces que fuera necesario La Odisea de Homero, retomando los fragmentos de los poemas de Yeats, Rilke, Shelley y Withman, acompañándome en todo momento de un diccionario enciclopédico, dilucidando a través de Goethe los símbolos que surgen de la Noche de Walpurgis, luego de prevenirme contra el abismo que implica la incomprensión vinculada a mi historia personal; la de un ser que ha hallado en el conocimiento cierta redención (para lo cual la edición con la traducción de J. Salas Subirat y las notas de Eduardo Chamorro representa una gran ventaja) aún así me encontré perdido en medio de la oscuridad planteada en aquel día Joyceano que se transforma, de forma pausada, en el siguiente (y que, por cierto, he de decir que coincide con el día de mi propio nacimiento, lo cual me remite de nuevo hacia lo que los signos revelan a través de lenguajes fuera del alcance de las estructuras de aparente lógica a las que nos hallamos irremisiblemente sujetos).


Busqué entonces por medios electrónicos la transcripción del Ulises de Joyce, esperanzado en que este impedimento fuera franqueado por las herramientas que la época nos brinda. He de reconocer que, a pesar de que actualmente y debido al omnipresente Copyright, es posible, por medio del pago de una módica suma, encontrar solución a esta conjura; soóo encontré las deificaciones sobre el libro objetual, en donde era posible ver la primera edición en inglés con anotaciones del propio Joyce reproducidas en fotografías meticulosamente escaneadas, que privilegian al objeto como el merecedor del tributo cultural. Me vi remitido de forma directa hacia la sensación del insulto al inconsciente cultural colectivo, pues buscar la relevancia del Stabat Mater en el capítulo 11 de "Las Sirenas" sin tomar en cuenta su presencia anterior dentro del capítulo 5 de "Los Comedores de Loto" resulta una tarea Hercúlea, tanto más, cuanto que el subconsciente (entiéndase preconsciente freudiano) revela dichas nociones al haber registrado esta relevancia.

Digo, pues, que el panorama es comparable a lo que sucede con el hipertexto y las búsquedas inteligentes electrónicas, que nos ofrecen la posibilidad de acceder de inmediato a conceptos, iluminando las elucubraciones generadas por ideas poco claras. Se entendería de manera erronea que una cosa así nos aproxima a la sabiduría omnisciente, que nos es abierto el acceso y usufructo del árbol del conocimiento, que ya no somos extraños en nuestros propios dominios. Nada más erróneo que algo así: somos los mismos organismos confusos, mezcolanza de ideas y lóbregos desatinos, extraviados dentro de laberintos con salidas falsas, caminos cerrados, recorridos concéntricos y círculos viciosos. La diferencia consiste en que conseguimos, si bien no el conocimiento, sí los datos necesarios para una mediana comprensión de ideas utilitarias, de forma casi inmediata, esperando que de lo contrario se nos condone la deuda adquirida por su intercambio, como si se tratara de una pizza a domicilio. Si bien esta impenetrabilidad nos conduce hacia el cuestionamiento insurrecto, muy pronto desaparecerá la necesidad de reír en medio de la debacle, la necesidad de disolver la otredad, de destruir la disidencia para asimilarla a través de la transformación violenta. Y, no obstante, Bloom termina expulsado de la taberna de Barney Kiernan a fuerza de insultos e imprecaciones precisamente por esta diferencia (y es que… ¿quién sino él puede ufanarse de ser judío en un ambiente de guerra entre católicos nacionalistas y protestantes unionistas con tendencia al asesinato?).

Lo único que queda en estos casos es sumergirse dentro de las mil y una posibilidades: no hacerlo significaría algo así como permanecer atado a la isla de Ogigia y sometido a las abluciones que Calypso (o bien en una retorcida referencia y confusión puramente Joyciana a través de la personalidad de la Penélope-Molly recostada, en el famoso monólogo introspectivo del último capítulo) lo que conduce a a la negación de la individualidad de Odiseo en la que, si bien todo nos resulta placentero, a la vez cancela lo que nos define y mantiene dentro de la batalla: la posibilidad de resistir.

 

 

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