El Fatigas PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Sergio Rivas Solórzano   

La ceguera es el precio que paga el Fatigas por su atrevimiento. La justicia no quiere saber ya nada de las muertes de los policías. El castigo está cumplido. Cuando a mi amigo se le pide narrar su experiencia, lo hace sin dilatarse, ahora es optimista y está confiado en que en el futuro podrá ver, cuando un día de estos alguien generoso le done unos ojos, según cree, y le hagan la operación.

Mientras tanto sigue embriagándose ya conoció la muerte de cerca, y no quiere que la vida se le vaya en balde.

Antes de la balacera, al Fatigas nunca le gustó hacer absolutamente nada; su vida siempre ha sido pasarse las horas en la esquina, o estar sentado en la banqueta esperando a que alguien llegue a invitarle un cigarro de marihuana, o el solvente para inhalar. Desde pequeño se formó en él un resentimiento contra todo. Al escuálido Fatigas le molestó hasta las entrañas hacerla de peón de su padre, para tener derecho a comer en su casa. Cuando don Nachito (como le dicen a su jefe), se dio cuenta de que su hijo lo despreciaba junto con su trabajo de albañil no tardó en rechazarlo.

A pesar de no ser tan limpio el salir de la chamba lleno de polvo, sudor y grasa le causaba un asco tremendo, ese había sido uno de los pretextos para no tener chava y así evitarse la dificultad, la pena y el gasto que esto entraña. Pero el odio a su padre no era sólo por el trabajo, sino también por el parecido físico con él: son la imagen viva de cualquier escultura olmeca; humillado por ello con insultos y burlas entre la gente de la calle, el mercado o el parque, se refugiaba ocultando el rostro ante parabrisas de carros, aparadores comerciales y objetos que pudieran reflejar su figura.

El llamado guevón por sus padres, y Fatigas por nosotros, nos platicaba que su madre y hermanos no lo querían por el gran parecido con el señor Nachito, que al contrario de él es bastante trabajador. Ellos de tez clara y figura menos autóctona, sentían repulsión al verlos con esa ordinariedad en la forma de ser. Sus hermanos han sobresalido en el barrio terminando sus estudios profesionales, pero él se quedó analfabeto como su padre. Esto no le molestaba tanto como que lo hicieran menos en la familia por su color de piel, eso si lo hacía encabronar.

Con cuánta amargura y embeleso acostumbraba ver a las cantantes y actrices de caras tersas en las revistas. Mas el pensar en lo imposible de una relación con alguna de aquellas chicas, lo mantenía apático y se terminaba de convencer de que la única finalidad de este mundo era perder el tiempo.

¿Por qué no correr y huir de esa realidad incambiable? Dos fueron en esos días sus actitudes para lograrlo: levantarse hasta las doce o más tarde, con eso las horas se le hacían menos largas y pesadas, cuando no llegaban antes sus padres a gritarle.

— ¡Párate ya guevón!

Y la otra, pensar continuamente en una buena forma de suicidarse. Se le ocurría: “tengo que salir de esta vida miserable, nada de ella vale la pena para vivirla “.

Entre encerrarse en el cuarto dejando escapar el gas de la estufa, tomar veneno para ratas, o cortarse las venas, se le iba su ácida existencia. Sólo el mínimo goce y a veces frecuente placer de la masturbación lo alejaban de esas ideas de querer la muerte. Y en verdad nada tenía que hacer sobre la faz de la tierra, hasta el propio don Nachito se arrepintió de engendrarlo, ya que era según él, la vergüenza de la familia.

Aunque desde aquella ocasión en que fue a traer al Fatigas, por mediación de su mujer y arrepentido de haberlo echado, del terreno baldío donde dormía ya dos semanas atrás, se puso más blando con su hijo. Después de todo el propio señor Nachito le había dado la vida, y el pobre bueno para nada, no tuvo la culpa de haber venido a un mundo no hecho para mantenerlo en un estado de continua holgazanería.

En esos tiempos, solamente mi amistad y la del Bartolo, como se llama su perro, lo hacían sonreír. También cuando conseguíamos yerba de la buena y nos poníamos eufóricos; aunque era muy pasajero, puesto que la vista del barrio: vecindades por todos lados, mierda y orines en el asfalto es demasiado asfixiante.

Aquella ocasión en que la tira hizo la redada, al Fatigas primero le dio temor; y después un enojo supremo ver cómo pateaban a su perro los policías, y la forma en que me subían a la panel, dándome golpes en todo el cuerpo.

Dentro de la camioneta, aún abierta, nos encontrábamos ya tres de los valedores más buscados por la ley. Él bien pudo haber huido, ya que la panel lo encontró oculto tras un camión materialista; pero el trato brutal de los uniformados sobre nosotros, le dio fuerzas; y también una idea genial. Con la rapidez de un parpadeo pensó, o quizá sea mejor decir, tuvo el impulso de quitarle la pistola al policía más cercano y disparar contra él, y contra todos los azules a su alcance.

Las detonaciones nos alarmaron de inmediato y antes de huir vimos como si estuviéramos presenciando la filmación de una película de gánsters; las peripecias de un solo bandido contra varios policías, pero sorpresivamente en esta ocasión mi amigo era el que hacía la justicia. Después supimos que la muerte de los uniformados había sido inmediata. A todos nos hubiera gustado haber hecho lo que hizo el Fatigas; aunque no con las consecuencias posteriores.

Otro de los gendarmes habiendo reaccionado de la sorpresa, con una puntería de experto logró efectuar un disparo que le dio en plena cabeza a nuestro cuate. Todos pensamos que el final había llegado terrible y sangriento y que la aventura concluía.

Las acciones y su inmediatez nos rebasaron con una velocidad extraordinaria, ya nos habíamos escapado de balaceras en fiestas o en broncas, pero ahora los acontecimientos caían como un edificio en un terremoto.

No supimos de dónde, pero empezaron a llegar patrullas y carros de judiciales las ambulancias se llevaron a los muertos y al Fatigas también. En la colonia y sitios alrededor se comentó lo ocurrido. Tiempo después supimos que nuestro amigo se había salvado. La bala le perforó prácticamente todo el sistema ocular, entró por una sien y le salió por la otra.

 

 

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