Alicia la de las maravillas PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Edgar Khonde   

 

Editorial: Generación Espontánea Director Editorial: Arturo Sodoma Director de Arte: Sergio Legaspi Diseño de Portada: César Nández Ilustraciones: Osiris Puerto Corrección de originales:Carolina Z.
Autor: Edgar Khonde

Ya no hallo cómo entretenerla para salvar mi alma de la guillotina; le cuento sobre los peces voladores y el sombrerero la invita a un bar de moda. Tratándose del azar de nuestro encuentro ella siempre se pregunta:

 

–¿Por qué te conocí a ti? Hubiera sido cualquier otro.

 

Alicia no responde a mis llamadas y su contestadora sufre de amnesia, le mando cartas fugitivas en donde los relojes no señalan el poniente. Se empeña en escuchar mi vida por los siete mares y mi travesía por tierras exóticas.

 

Qué te cuento Alicia, qué demonios invento si mi vida no es la maravilla que soñaste cuando descubriste con mis ojos. Cómo te hago comprender que sin ti los dragones y las hechiceras se han vuelto oficinistas, que los ángeles venden chucherías en las plazas, que los duendes son viles enanos de circo, que las doncellas son putas de burdel, que las siete maravillas se han vuelto tan inútiles que ahora las venden como chatarra, que mi espejo se niega a contestarme quién es la más bella.

 

Qué te cuento Alicia, que mi país se ha vuelto cotidiano desde que despertaste.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Infinitivo

 

Quedarse callado para entrar en su taciturno cuerpo. Vibrar al unísono y no contar el pretérito tiempo. Suponerla en los pasos que me faltan y no ser el remoto secreto de su sueño de niña. Tomar en dosis breves todas las curas contra la soledad. Beber frases largas y convertirla en verbo intransitivo, para enseñarle que mi amor no es transferible a su cuenta de amantes, para llevarla tan lejos que volar sea el único regreso y mis labios su único sustento. Tentar la muerte y que ella me redima, que me perdone Dios porque no supe ser su mensajero. Amarla sin ninguna explicación, no hacen falta explicaciones en el silencio. Moldear el amor que le profeso y que, también, me perdone Dios porque es mi Diosa sustituta. Navegar el mar que se encuentra ignoto en su aliento. Utilizar cualquier artimaña para tenerla cerca, que no se separe de mí porque su manantial es indisoluble de mi carne. Tirar las cartas del juego y que siga siendo mía: la Alicia de mis sueños, el rojo firmamento que día a día ilumina mis tartamudos pasos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

He jugado a las cartas toda la noche

 

Bebemos café y a veces hasta nos atrevemos a mirarnos a los ojos. Una taza tras otra desfila sobre la mesa del cuarto; nos pasamos veinticuatro horas absortos entre cuatro paredes platicando no sé cuántas banalidades, discutiendo sobre música, comida, política y un futuro nombre de una hipotética hija. Arrobado, paladeo cada sonrisa que me obsequia y entre amor y sexo los recesos son más deliciosos. Desastrosa rompe su reina de corazones, me tira un póquer de ases; es el sexto juego en fila que me gana esta noche y es la sexta vez que le beso los pies (aunque ella no sabe que me gusta besarle los pies) en tributo a su victoria. Pasamos casi un día entero vulnerables, ansiosos, infantiles, repitiendo un rito, quitándonos la máscara del alma y telarañas de los ojos. El olor de ella y mi olor se entremezclan en un solo aroma. Somos dos cuerpos, dos bocas, dos espíritus luchando por dejar un poco de recuerdo en la memoria de los astros, en este país de las maravillas que se hace más viejo. Disfruto, condenado, el pequeño espacio que me cede de su tiempo, y aunque mi reloj se ha detenido a las seis en punto, no logro engañarla. Alicia esperará la siesta para huir, como siempre, hacia su búnker cotidiano: su casa, su trabajo, su escuela, su vida sencilla y simple... yo esperaré aquí, a ver si recuerda que existo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Madrugada anterior

 

Alicia se levanta para decirme que lo nuestro es un pecado, y aunque le fascina mi amor, reniega de mis labios.

 

–Es la despedida.

 

–Siempre te estás despidiendo.

 

La unto de miradas y le digo que jamás olvidará mis ojos, no importa que huya o me elimine; nadie más la tocará galante en las hojas de una libreta que simula su contorno. Ya no tendrá la certidumbre de ser de alguien porque es mía.

 

La dejo irse, aunque ya sé que al darme la espalda iré desapareciendo, iré desdibujándome hasta quedar nulo en la planicie de esta maravillosa tierra. No quedará de mí ni el vestigio, sólo existí en su sueño. Irán perdiéndose mis líneas y el blanco/negro se tupirá de nodos vacíos. Ni siquiera viviré en el espejo.

 

No diré nada, Alicia nunca lo creería, jamás creería que ella es la que me inventa, que si se va muero porque soy parte de ella: indisoluble de su piel, encarnecido a su corazón y vivo de su cuerpo.

 

–Me voy mañana y no quiero que me detengas.

 

–No lo haré, no te preocupes, yo también prefiero el mar a los puertos.

 

Prepara su maleta y aunque lleva lo indispensable, ésta no cierra.

 

–¡Imposible!

 

¿No te das cuenta? Son tantas las vivencias, noches incontables, innumerables madrugadas. Es tan vasto mi ser; son mil veces que recorrí tu aroma y no sé cuántas más que te llevé al cielo. No puedes meter todo eso en un palíndroma, no puede caber “nosotros” y olvidarse en cualquier destino. No te puedes llevar lo “indispensable” porque me tendrías que llevar a mí, sólo puedes llevarte lo que no has vivido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ojalá no se vaya

 

Ojalá no se vaya, porque por esta época hace más frío en la noche, además a uno le dan hartas ganas de platicar con alguien, quién mejor que usted. Déjeme contarle como la espero a oscuras detrás de la puerta, entonces usted toca, yo me alejo y después de un par de minutos contesto, pero sé bien que entiende ese salir de la monotonía.

 

Ojalá se quede otro rato, aunque sea sólo para mirarnos como bobos y contar nuestros silencios. Le parecerá estúpido que después de usted prefiera una taza de té al tradicional café –con dos de azúcar o sustituto, por favor.

 

Ojalá pueda escucharme por más tiempo, así le contaré unos recuerdos para que no se olvide de mí o, por lo menos, se acuerde cuando no quiera ver a nadie. Pero note que no le pido mucho, es como si en realidad le suplicara, le decía que no es mucho. ¿Qué son cinco minutos en la eternidad de las deshoras?

 

Ojalá no se vaya, porque en este andar indiscreto queda la demencia de susurrarle al oído mientras no sé cómo usted pasea al ton y al son lanzacometas, vuelapapalotes; también le decía de los precipicios a medio construir y las charadas que de pronto vienen sin cita previa. Espere otro momento, un minuto solamente. Ojalá se pudiera quedar, pero si lo desea la acompaño hasta el infierno o a uno de esos lugares donde resultamos extraños.

 

Los relojes se han detenido en una misma hora

 

Estar sintiendo de frente la dureza de mi soledad. Estar segundo a segundo latiendo el desenfreno de quién sabe cuántos silencios. Me lleno de huecos para no quedarme solo con la sombra de mis alas.

 

A qué país me enviaste, en qué locura me dejaste sin el espejo de tu cuerpo, si te dije que caminásemos discretamente, calladamente, acompañarnos, guiarnos. Y ahora qué resulta, si mis manos ya no sienten tu humedad, si la hora en que quedamos se detuvo en los relojes y ¡carajo! la partida de tus besos me dejo con la tristeza encaramada en mi palabra. ¡Ay! Alicia, huyes a zancadas de un Gulliver poeta. Yo soy el que tensa el arco. Soy palíndroma, soy Rey Rojo, ¡yo soy el que te sueña!

 

Un desayuno

 

Preparo el desayuno mientras Alicia duerme. Simulo al guardián que la espera noche a noche cuando ella llega victoriosa de su empresa imposible: actuar como toda la gente. Ella dice que ya vive en otro mundo, que es “gente importante”, pero para mí no ha dejado de ser la niña berrinchuda que se olvidó de Las Maravillas. Sí, para mí que aún recuerda a la liebre idiota y a las flores parlantes, pero eso no le sirve en el mundo capitalista donde su tarjeta le abre la puertas a otro “mundo mejor”, al mundo donde consume bisutería y cultura desechable. Eso sí, porque no voy a negar que es una mujer de mundo, con todo y su doble moral y los lujos que el sistema le vende.

 

La despierto y nota que en la mesa hay servicio para una cantidad incontable de gente.

 

–¿A quién invitaste que no me dijiste nada?

 

Señalo el reloj y son las seis. El minutero inamovible. Le digo que tendremos que desayunar para siempre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Constructor de cuentos

 

Le pongo un poco de sol y siete pedazos del porvenir pasajero. Se lo narro antes de dormir.

 

–Cuéntame un cuento.

 

Tengo que sacar de las palabras la savia que les queda y a través de matemáticas calcular el ángulo preciso del adjetivo, el verbo y el sustantivo. Mido los sentidos de la lengua y el ritmo que seduce de una sílaba átona. Camino como reloj la milla hacia su oído: te lo leeré a ti sola. Ella ignora que las batallas se forman con octosílabos y que para surcar la mar me sirvo del endecasílabo. Despejo las incógnitas de una elipse con la prosa del ensayo para decirle que el cazador de dragones, finalmente, los mata al negarlos. Alicia no sabe que mis cuentos son trucados y aplico una fórmula sencilla: sin límite ni red de protección ni cura ni antídoto ni ungüento milagroso. Sólo amor.

 

Sé que el amor también es intransitivo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cerca de la medianoche

 

Deshuye hacia la isla donde algún manglar la cure de la realidad; la miro irse. Compongo una melodía marina (un canto de ballenas).

 

La última noche me contó la penumbra que viene después de un terremoto. Es una penumbra silenciosa, arremete con los ojos y ciega los oídos. Ha de creer que la pienso ridícula, pero no, escucho atentamente lo que nace de su boca para rehacerlo con la madeja de mis venas.

 

Siento que en su viaje siempre le va a estar haciendo falta algo, qué sé yo. La Biblia, un disco de jazz, la lluvia de las horas pico, el calor sincero de mis manos, quién la espere en alguna parte, cualquier escalofrío. Sé que su maleta va llena de promesas y en su itinerario ha incluido tres estadios de mis besos; supongo que su doble signo es un buen augurio para inconvencerla de que la playa es un mundo relativo y paralelamente se llena de fantasmas. ¿No es la ciudad un pueblo fantasma?

 

Sensato, le pido que me narre la varia invención que se crea en su morada, que me dé las coordenadas de su isla para incluir su piel en mi mapa, que tranquila vigile a los durmientes y que escuche qué le dice el polvo del reloj...

 

Conjugo un loto con mis comisuras. ¿Cuál será el siguiente movimiento?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La última vez...

 

Me habla por teléfono para decirme que no llegará a casa porque tiene una cena familiar. Me siento en medio del cuarto y juro por Dios que es la última vez que se lo paso, la siguiente –digo. La siguiente vez la mato. Miro la pared como buscando el Aleph que me haga descubrir su totalidad a través de cada detalle. La pronuncio segundo a segundo de la larga madrugada. Me revisto de tapiz para revolcarme en la soledad que huele a muerte, después de esta noche el sombrerero loco tendrá que agregar arsénico a la taza porque mi puta vida no la soporta nadie. Observo la luna e intento asesinarla para vengarme de Alicia, qué haría si después de coger no tiene a su pinche luna.

 

Le hablo por teléfono y le propongo el viernes como el día indicado para nuestra noche mágica.

 

–Será luna llena.

 

–Muero por estar en tus brazos.

 

Revisito mi agenda, me cercioro de que el viernes sea un día adecuado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La llamo

 

Le digo que mi cama está tan vacía que me considero un liliputense en el enorme espacio que dejo en ella. Le digo que mi desayuno es una taza de café con anís porque ni los huevos hervidos me salen bien, me hace falta su fuego. Le digo que la estoy extrañando, que la extraño a las dos de la mañana cuando llegaba borracha y me decía “ni me preguntes de dónde vengo porque no quieres saberlo”. Le digo que venga a mirar lo desordenada que está la casa, no haré el intento por retenerla, sólo quiero que deje impregnado su aroma en la sala y en el cuarto. Me cuelga. La llamo y le digo que me deje contarle las tristezas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hasta que el gallo cante

 

Ebrio, invento una taza de té y me hago acompañar del sombrerero y la maldita liebre. Indago sobre el mecanismo del reloj: en qué hora dejó de funcionar mi vida. Pregunto sobre Alicia, el tablero entero me describe cómo es ella. Todos me dan señas, rasgos, la geografía simbólica de su cuerpo, pero la costumbre de llegar a destiempo impide el encuentro casual premeditado. Me interno en la madriguera en una búsqueda casi inútil, sé que no la encontraré ni aunque la encuentre. Le doy diez metros de ventaja... la falsa tortuga en patines corre veloz. Siempre que llego cansado toco la campana, pero Alicia no abre la puerta.

 

Llueve, ya no sé si me ahogo en mis lágrimas o en las de ella. Sólo atino a decir cuando pregunta:

 

–¿Quién es?

 

–Soy yo.

 

–No, no es cierto, yo estoy aquí adentro.

 

Alicia no me ha soñado y seguirá negándome en espera de que su gallo cante.

 

Alicia de las Nieves

 

Ayer la noté extrañada cuando se dispuso frente al ordenador y éste le dijo que era la más bella. De inmediato salió y regresó con un kilo de manzanas, estuvo toda la tarde en la cocina inventando no sé qué destrezas con los utensilios. Vino hacia mí y me preguntó si acaso era la más bella, dudé, le dije que la amaba (pero es que con ese carácter tan explosivo, sus 90-60-90 pasan a segundo término), entró de nuevo a la cocina y trajo una ensalada. Se la fue comiendo frente a mí, despacio, mientras hablábamos sobre la situación política. Se levantó, se dirigió a la cocina de nuevo, y ahora traía en su mano un frasquillo, lo extendió y me dijo “arsénico, para que no compita con tu bruja”.

 

En el hospital y después de un lavado interno, llorosa, me dijo que no lo volvería a hacer. A ver cuándo le creo.

 

Alicia sirena

 

–Fúmate el cielo por mí –me dice. Intento explorarla a través de sus ojos, pero su mirada huye entre el desconcierto del humo que escapa de mi boca. La otra noche te soñé como sirena –le digo. Rara vez he querido situarla por encima de un todo lejano, porque añorarla distante es sólo un capricho deparado al poeta trágico, y yo, común de los hombres, la prefiero mujer o niña o pasajera celeste o dulce aguasalada o compañera de viaje. Otra noche más –me dice. Será la última noche que la tenga a mi lado, y platiquemos tales historias de fantasmas, y bebamos elíxires, mi boca con su boca, mis manos con sus manos, mi aliento con su aliento. Quizá el último beso se alargue cotidiano hasta el amanecer y fluya a cada punto de mi imagen, a la estatura de mi tiempo, al claroscuro de mi sombra. Que sea la última noche –le digo.

 

En mi ciudad, la cara nocturna se sume en la oscuridad de la negrura. Enciendo un cigarrillo más mientras Alicia cierra los ojos para proseguir la búsqueda de la maldita liebre...

 

Y si perezco en el mar

 

He tratado inútilmente de encontrar el mapa que me indique la forma exacta de arribar a la isla donde estás oculta. El clima sólo ha sido propicio para explorar tus acantilados y no hallo un puerto, o al menos una playa, que me deje descargar todas las riquezas que le robé al mar; creo que terminaré encallado cerca de tus formas, pero ahogado fuera de tu territorio virgen. Pareces tan inaccesible que ningún pirata se ha atrevido a tomarte en nombre de un reino imaginario, todavía eres Croatán.

 

Sé que la vida está en el océano y los puertos sólo sirven para medir el tiempo. Sé que ni tus brazos son el norte que me llevará al Valhala, pero sé tan poco de ti... que la osadía de cruzar los siete mares me tiene sin cuidado, sobre todo cuando aspiro a formar parte de tu inventario y ser un pedazo de tu corazón y tu rodilla y tu pierna y tu costado derecho. Y si perezco en el intento, al menos quedará mi rastro para que encuentres el camino de regreso.

 

 

Alicia la del mar

 

“…acuérdate de Acapulco María bonita, María del alma…”

Agustín Lara

 

Dime unos labios secos junto al pordiosero que mendiga un sonido de metal. ¡Salud! Mi sirena, gran misterio submarino; recorreré la tierra por donde las veredas estrechan los berings para descubrir tu mundo. Dime a qué sabe la arena en el mar que tu mirada alcanza. Dime cuál es el olor del malecón debajo de tu barca, equidistante de mi playa derruida. Dime el azul de los amaneceres en donde nuestros ojos no se miran. Escucho el parpadear del faro, su luz tan vaga no me deja comprender tu horizonte; dime, Alicia la del Mar, qué flautista me lleva hasta tu muelle. Dime un canto que me guíe a perderme entre tus islas. Dime que mía te descubres cada que te tocas, cada que te sientes.

 

Dime a qué saben las olas en el andar cansado de los pescadores, cuéntame sobre los días en que las gaviotas borran la faz del mar hermano. Sábete, Alicia mía, en el beso de la brisa, pero aprésame en la red que tendiste cuando tu mano tocó mi mano.

 

Carta de navegación:

A liz y a

 

Hasta esta tarde recordé el lugar exacto donde oculté la palabra mágica; con rapidez me dirigí al secreto, pero una voz se adueñó de mis sentidos. Era su voz pronunciando mi nombre len-ta-men-te. Caminé hacia el origen de su canto, no sé cómo la tempestad no hundió mi barca, no sé cómo Craken sucumbió a mi espada. Nada detuvo mi paso... llegué a donde Alicia, pero había salido a comer o salió temprano (dudaba la recepcionista). Le marqué.

 

–Olvidé que ibas a pasar por mí.

 

–¡Cómo lo olvidaste! si hace dos horas quedamos.

 

–No te pongas así, mañana nos vemos.

 

Regreso al mar de los sargazos, no importa que me desbarranque del mundo, qué más da si los monstruos marinos me devoran. Si no son ustedes, iré con los reyes católicos. Mañana, aunque los elementos se opongan, vendré por Alicia.

 

 

Me nació un invierno

 

Prometo extirparle la duda que la acongoja en el próximo invierno, aunque para esa fecha tenga yo que sucumbir a su encanto hindú: soy la serpiente que danza dentro del cesto. Le digo que el tiempo vuela, sobre todo, cuando niego que sea ella la razón de mi trabajo; por el momento indago a través de los papiros si acaso no es una beldad apócrifa, si me he estado engañando y la idealización me ciega; quizás no es, como yo supongo, la mujer de mi vida. Le platico que el invierno está lleno de sorpresas.

 

–Tu naciste un invierno.

 

Me nació un invierno en los ojos cuando la presentí por primera vez y desde entonces, no he dejado de sentirla. Es que me encanta la nieve de su piel porque la nieve es lo que más quema. Necesito una avalancha de sonidos porque su duda se ha cultivado en mi corazón, o tres deseos de los duendes para salir del laberinto: la deseo tres veces más que nadie. Total, ya sé que Alicia es una mujer moderna y no me estará esperando, y que el mejor postor la comprará en la siguiente subasta (además yo soy un pobre diablo); sin embargo, espero conseguir un poco de silencio que me haga suponerme en su noche, porque si no es así, yo seguiré contando las mil que nos faltaron.

 

 

Alicia de los sueños

 

No escuché a la luna tiritar de frío, por eso salí desnudo a contemplar las estrellas mientras imagino que Alicia duerme en un lugar pequeño. Imposible allanar su sueño, no mientras esté despierto; un día de esos que el calendario no contempla en su cuenta larga, Alicia se comió el hongo diminuto hasta caber, como antes nunca, en un centímetro de mi piel. Entonces, miró un poco de mí como nadie había mirado. Yo no sé si Alicia se fijó que mis alas están llenas de polvo, que carezco de sombra y mi sombra se ha quedado prendida en algún lugar oscuro de su cuarto.

 

Contemplo las estrellas, volteo a tentar mis alas y telefoneo para suplicarle que esta noche deje abierta la ventana, ella un poco ensoñecida atina dos palabras “estás loco”. Cómo le digo que quiero recuperarla. Cómo le explico que mi alma está dentro de ella.

 

 

La historia del lirón

 

El lirón comienza a contar otra de sus viejas historias, borracho me narra desde el principio de los tiempos cuántas veces tropezamos y no nos dimos cuenta que la Alicia es una mujer posible. En una cantina sorbemos néctar de las hadas mientras la mesera-campanita coquetea en busca de la remuneración a sus servicios. La propina tendrá que ser espléndida. El lirón con su voz ininteligible me da consejos donjuanescos que, según él, harán caer a cualquier mujer en mi lecho. Le pregunto los porqués de su soledad si se supone maestro en los flirteos. No contesta nada, se aleja murmurando improperios a una hipotética sombra.

 

Me quedo solo en la mesa hasta que campanita se acerca y me sonríe.

 

–Se ha quedado solo.

 

–Toda mi vida he estado solo.

 

–¿Espera a alguien?

 

–Sí, a la mujer de mi vida.

 

–Salgo en una hora.

 

–Qué más da, si ya te esperé incontables minutos.

 

Regreso al ensimismamiento y termino mi copa. Me levanto, saco unos billetes y pago el doble de la cuenta. Salgo del lugar hablándome en voz baja: no, así no puede ser, no la pude haber encontrado aquí y menos tan pronto.

 

La mesera-campanita toma la plata y recorre el lugar buscándome, encontrándome, pero no me encuentra.

 

 

Metamorfosis

 

Fumo el narguile, no presto mayor atención a mi alrededor. Las bocanadas de serenidad me llevan por senderos bifurcados, la tranquilidad se aspira en el perfume de las rocas; espero un poco, cuando me transforme no habrá fuerza que me ate al mundo, no habrá viento que me arrebate del aire. Batiré el vuelo, correré a donde la mar se une con la tierra y ni un dragón impedirá que la gloria me corone como bardo sacerdote, como juglar de las estrellas. Otra bocanada, construiré mi guarida para ignorar al invierno porque ni el frío es capaz de tumbarme. Me alzo cuan largo soy, soy el origen del bosque y el vértice del tiempo, soy la distancia entre la noche y el día, soy quien manipula el mecanismo de la marioneta-universo. Tenderé mis alas para llenar con mi luz la nocturna tierra, pero mientras, otra bocanada más, aún queda tiempo.

 

Alicia se incluye, salta, pasa por en medio de mis ojos, me distrae, lanza sus miradas a mi boca. Recurre a todas las tácticas legales y estrategias femeninas. Me dice que me quiere, pero se porta breve. Me llama por las noches y al día siguiente no me conoce. Me besa y me desprecia. Me toca y me prescinde. Soy suyo y no es mía. Soy el principio de la palabra y ella sólo es una mujer... sólo una mujer.

 

Una bocanada más, una última bocanada de mi narguile; la breve Alicia continúa su camino sin saber qué ha desatado: si el fin de la prehistoria o el principio de mis manos.

 

 

¡Oh! guitarra

 

¡Oh! guitarra, suéñame en las últimas notas de la tertulia y canta conmigo un nombre lejano para no recordar la dosis de tristeza que consume mis manos. Tocaré a través de la música una voz pasajera que diga: sin estos labios míos mi silencio es el eco del llanto. Que de una vez la sonata del tiempo predisponga mi sino marchito, o sucumba la vela que alumbra la nao apolillada que nunca me llevó por sus aguas.

 

¡Oh! guitarra, no cantes remota su nombre porque a mi oído lastima enunciarlo. No dibujes en el aire sus formas ni le invites al viento su aroma. Toca suave su voz que recuerdo, pero ahógame con su manantial, que se vuelva océano. Déjame saber cómo acaricié su cuerpo en la noche península arábiga, y que tu susurro me lleve por su humedad al origen etéreo.

 

¡Oh! guitarra, sé ella una vez más para concebir la partitura de esta callada luna.

 

 

Cazador de dragones

 

Me despierta para hacerme responsable por el clima y echarme en cara que los mosquitos se regodean con su sangre. Me callo, pero pienso que yo tampoco me apartaría de su piel. Trato de calmarla e invento un juego donde los insectos revinientes son dragones en busca de alimento.

 

–Lo ves. Siempre he dicho que tienes fuego en la sangre.

 

Se levanta y se dirige al váter. Segundos después trae consigo el cesto de basura y un matamoscas.

 

–Caballero andante, aquí está tu casco y tu espada. Ahora, termina con tus “dragones”.

 

 

Después de los cuarenta días

 

Detiene la sequía para construir una barca donde quepan todos sus recuerdos y la totalidad de sus fantasmas; recurre al remedio de los besos deportivos y el amor sin compromiso. Atiende al mortal en turno con la lluvia de su cuerpo, se mesa los cabellos y le arroja uno al demonio que en el laberinto truncó mi paz, ¿por qué me despertó del sueño? Si la tenía imaginada como tiempo perfectivo, ella es mía... ella fue mía...

 

Resta decir “ha sido mía” como si la acción no terminara nunca, y en el futuro esperara tenerla donde ya nos conocimos. Conjugo mis temores junto a mis ruegos, de sus jugos bebo la esencia que me vuelve un poco viejo para ascender la escalinata de la barca; no entraré en su arca. Los mitos hierofantes también tienen su precio.

 

Los unicornios, los grifos y sirenas, los dragones, la tortuga falsa, las flores parlanchinas y yo, no accederemos a su reino.

 

 

De la mano de Tizón

 

Errante, camino indisoluble por el valle de la muerte y mil veces vuelvo a la vida. No soy bienvenido en el infierno. Entro a mi reino donde las batallas son fértiles en sangre y combato al lado de Aquiles, pero a mí nada me hiere, soy invulnerable a las flechas que surcan el silencio. Tomo en mis manos a Tizón y salto de un tiempo a otro. Arremeto en el sitio de Córdoba contra los árabes, combato a la armada invencible a costa de un mar embravecido, derroto a Roland y su Durandarte, yo guío a Juana de Arco hacia la victoria. Y ningún molino de viento me quema con su aliento. Escribo con mi vida la memoria de los hombres, por eso la historia se entremezcla con el mito y le da al tiempo su carácter anacrónico.

 

Desesperado busco al ogro que se convierta en gigante, los ratones nunca han sido parte de mi dieta. Busco el país en que Gulliver no fue más que polvo. Busco a Circe y a Gorgona. Busco una contienda con el Diablo o arrebatarle a Dios su trono. Busco, otra vez, morir para mostrarle al creador que soy inmune a sus designios.

 

Las guerras se tornan terribles y los combatientes mueren orinándose de miedo; la revolución nunca ha sucedido.

 

Y busco sentir temor porque no sé qué sea temblar de miedo. Entonces, me convierto en cazador de dragones y conquistador de tierras mágicas; ya llevé un sinnúmero de brujas a la hoguera y partí en dos al jinete sin cabeza, me tragué el corazón de la parca y arranqué las alas de Gabriel...

 

Te miro y desvío la mirada, repienso las circunstancias que me han llevado a conocerte y ni mil casualidades son el motivo de tus labios: la historia sólo se ha creado para encontrarnos y temo tanto perderte... me tienes en tus manos.

 

 

Paradoja

 

Se ha ido antes de las doce. Argumenta a su favor mi falta de presupuesto para transportarme en un carruaje convertible. Con vestido de noche, Alicia hace sucumbir a mi albedrío; sobre la pista festejamos el cortejo, sus manos son la forma de la nieve en la orografía de mi espalda, mis pies arrítmicos nerviosos persiguen sus zapatos.

 

Continuamos drogados por el aroma en que se mezcla nuestro almizcle. La música no cesa en el flirteo de sus labios, “no me conociste por casualidad Alicia, yo te encontré”. El jazz regurgita en sus rincones, su tez es creada por el vaho de mi aliento. Alicia gira y describe los contornos matemáticos del triángulo, la paradoja se alimenta en sus salidas vespertinas, lo inverso surge del llano. Luz veloz que se integra al universo del software sistemático. –¡Son la doce Alicia! –grita su reloj... Parte antes de que un rey ordene cortarle la cabeza, el presupuesto, los viajes, la ropa de moda, las tarjetas, los cheques; al filo de las dos y cuarto me bebo el séptimo ron y le marco a Alicia...

 

 

La presiento

 

Miro alrededor en busca de sus ojos, ella me observa desde su lugar en el bus mientras piensa que correr hacia mí sería un error que no debe permitirse. Busco su voz en la algarabía, escucho mi nombre en sus labios. Alicia me mira y espera que yo la encuentre dentro de la multitud que simula mil obstáculos. La presiento, pero sé que ella nunca va a encontrarme aunque estemos frente a frente, aunque yo la haya encontrado.

 

 

Rumbo a la salida

 

Mis muertos me han llamado paso, de por sí soy consecuencia de interminables ruinas. Ando luz y oscuridad como si fuese un ferviente admirador de las distancias. Miro a los ojos de la gente para conocerme un poco menos. Cuando llego con ella hurgo en sus pupilas, entro destrozando muros y vallas colosales; me busco a mí dentro de su adentro, desesperado exploro cada rincón de sus certezas, pero, no localizo ninguna pista que haga suponerme parte de su sueño. Alicia, en cambio, usa de espejo mis ojos porque sabe que están llenos de su imagen, porque tiene la seguridad que en cualquier momento, ella, dentro de mí, no tendrá que limitarse; será ella fugaz e interminable quien posea el conjuro que me convierta en piedra. Alicia mira de nuevo en mis ojos y sin mediar palabra le digo que la amo, me abraza... su silencio me confunde, cotidianamente me confunde.

 

 

Cheshire y yo

 

Quizás comprendas que mi gato y yo lamemos las estrellas más opacas porque tenemos hambre desde ayer, pero la luz nos ha dejado ciegos y sólo alcanzamos a distinguir los cuerpos oscuros. Sólo quedan mis ojos. Voy desapareciendo del horizonte, ya no hay quien me invente, quien acaricie mi espalda en el descanso de la guerra. Dibujo con mi cola las constelaciones a través de la penumbra; agoté a la vía láctea, pero mi sed inagotable no se calma, tengo una sed tremenda de ti.

 

Quiero beberte como tónico contra la muerte y escuchar las canciones de mi niñez cerca de tus oídos. Carezco de algo que me haga flipar, no quiero que la parca me roce los pies, no moriré como imbécil. La edad que Humpty recomienda está lejos de mi hora, luego, redundo en el tiempo. ¿Qué edad es más mísera para dejar de volar fuera de tu alcoba?

 

Mis ojos aún quedan, aunque ciegos, como vestigio de mí taladrando la tarde roja de un soñador que casi te sueña.

 

 

Cheshire ha opinado

 

Sigue maullando, lo dejo afuera y sigue correteando a los fantasmas. Salgo apresurado, pero sólo distingo su mirada y su sonrisa. Lo persigo por la sala, el comedor, la cocina, le arrojo trastos y lo amenazo con llevarlo al manicomio. Le prometo una flauta que conquiste a mil ratones y él, divertido, ríe.

 

–¿Y si lo dejamos dormir con nosotros?

 

Le propongo a Alicia que al menos hoy ceda a los deseos del minino. Alicia se transforma en una Gorgona y petrifica mi osadía.

 

–Ni se te ocurra, no me gusta dormir con animales.

 

Cierro la puerta y me recuesto sobre el piso. El gatito acude a mi lado, nos miramos cómplices de la noche.

 

–¿Qué opinas, a ella no le gusta dormir con animales?

 

 

Alicia y el jazz

 

a Alettia

 

Es curioso, Alicia parece menos una maravilla. Le pregunto sobre Elis Regina y ella expone su teoría jazzística; en el debate nocturno ha confesado que el jazz y el bossa nova la excitan. Ahora yo trato inútilmente de mentirle, le digo que prefiero el drum & bass o el heavy metal, ella me informa sobre la nueva corriente brasileira: el bossa & bass. Según ella, podríamos entendernos de maravilla en su habitación con una botella de tinto y el jazz inundando nuestros cuerpos. Según yo, eso sería hecatómbico porque el bossa y el jazz también me excitan. Cuántos días estaremos encerrados saboreando jazz en cada rincón de nuestras pieles palpitantes.

 

 

Después de la puesta de sol

 

En el vaho de la ciudad descubro los acantilados incólumes que nunca he atravesado. Navegué tantas lunas, mis pies se acostumbraron al océano y en la tierra me siento cautivo. Sólo tu olor de mar me detiene en el puerto, pero ya va siendo la hora de partir y levar el ancla que tiré sobre tu cuerpo. Mis marinos me reclaman en el timón porque hay más que conquistar y Craken aún espera mi regreso. Mi sombra se quedará contigo por tiempo indefinido, no importa dónde te ocultes o en qué brazos duermas. La nao urge mi presencia porque no soporta el sitio que le impuso la arena; se encuentra apolillada y habrá que repararla, pero como soy constructor de cuentos, la zurciré con los cabellos de la bruja que me enseñó cómo se puede amar de repente porque, como lo dijo González Rojas, el poeta es de repente.

 

Y soy tan imprevisto en la espuma que otro canto me llama desde mar adentro, a otro puerto, a otro sueño; un sueño donde soy soñado e inventado con diamantina de jazz y bossa nova.

 

 

No me esperes Alicia

 

Los silenciosos pasos del ermitaño juzgan conveniente no dejar huellas que indiquen el camino trazado. Atacama me llena de soledad, pero ni en el último lugar de la tierra puedo olvidar tu forma. Te alude el espejismo después de tantos días sin bocado, te insinúa la marea en la espuma indecible y te rememoran mis pies, mi espalda, mis labios. Las dunas no borran tu pista y te sigo hasta la madriguera; un viento inconsolable evoca tu nombre y para no perder la calma me inyecto arena en el corazón: que se vuelva de piedra.

 

Aquí el cielo es nítido y las constelaciones forman cualquier circunstancia, aunque causal o casual, nuestro encuentro siempre es el mismo: mi piel cerca de tu piel. Mi boca seca deja de enunciar fantasmas empenumbrada por el oscuro frío; de mis ancestros tomo la memoria.

 

¿Acaso te perdí desde antes? ¿Ha cuántos siglos?

 

Busco agua para sortear la inclemencia y hallar la obsidiana que marca el retorno. Pero si no regreso, tómame por muerto. Piensa que mi barca se quedó cautiva en la voz de Circe y que de su piel me forjé la aurora donde ahora soy un trozo de mis ojos ciegos.

 

 

Salvarme en ella

 

Lo ha prometido. Esta noche la siento en mi piel como parte de mi cuerpo; a cada beso suyo le cuento una palabra distinta. Cuando sus labios dicen mar yo digo sed; cuando se transforma en ave mis brazos la separan del horizonte gris, le doy un cielo azul y transparente aire ¡que vuele! Que vuele a la montaña donde mi fortaleza se una con sus alas. Que baile en la lejana brisa de mi aliento y trepe por mis piernas. Cuando sus ojos dicen mío, yo me digo suyo; en su vientre me resguardo del frío cotidiano y su calor de Diosa me protege de la muerte. Ha prometido construirme en sus adentros una hipotética alma que me vuelva más humano, que me salve de la vida.

 

 

Alicia viajera

 

Dios se lo dicta.

 

–Dios es mi jefe y me ha pedido que viaje a San Cristóbal.

 

Insisto en retenerla, suplico que se quede al menos por ese día para saludar al equinoccio.

 

–Quédate al menos hoy y no me olvidarás nunca.

 

–Si me quedo hoy no saldría de aquí jamás.

 

Alicia se envuelve en golosinas, baila y canta la marcha de los santos.

 

–Te lo pediré de rodillas, quédate al menos hoy.

 

Me da un largo beso que sabe a mermelada y en sus labios promete volver para llevarme a su país (el de las maravillas), la abrazo desesperado.

 

–Quédate al menos hoy.

 

–Si me quedo no soportaría la idea de separarme de tu lado.

 

Derrotado guardo mi silencio en mis sollozos, Alicia camina hacia la puerta.

 

–Casi me convences.

 

Desde el aeropuerto me habla.

 

–Tomaré el primer vuelo hacia ninguna parte, a donde no existas tú.

 

Llorando me pide que la olvide.

 

 

Loveparade

 

Me invita a la playa este fin de semana.

 

–Acapulco.

 

Me pregunta o la voy a seguir adivinando o, por fin, recorreremos con caricias su nuevo departamento.

 

–¿Acapulco? ¿Solos tú y yo?

 

–No, iré con mi esposo, pero tú vas y allá nos vemos.

 

Le digo que Acapulco nunca me ha gustado porque las multitudes me abruman, pero le propongo que mande a su marido de vacaciones y que ella y yo nos apartemos dos días de todo contacto con la ciudad.

 

–Vamos, anda, es el loveparade.

 

–No, me aburriría como ostra.

 

Me dice que, entonces, podemos ver el amanecer en la playa y con una cerveza en la mano. Le digo que prefiero ver el amanecer en sus ojos y embriagarme con sus besos.

 

 

Nunca es nunca

 

Atraviesa el mar de Wonderland para descubrir que ninguna nueva tierra la tiene contemplada. Busca mis ojos en las estrellas, pero se da cuenta que en el cielo no moro. Huye de mi infierno porque el quemante ser que soy la aterroriza.

 

He aprendido que en su mundo “no” es “tal vez”, pero para mí que camino junto a la fantasía no existen los “nos”. Mi mundo es posible en la arena que refleja el sol, en sus formas que se yerguen ante la tempestad de un huracán. Mi tierra está a la vuelta de cualquier parte y tres cuadras después de un día raro. En mi país la doble moral camina hacia el cadalso.

 

Nunca es nuncajamás y existe la posibilidad de que volando un ave la encuentre, existe siempre y cuando el volátil sueño enuncie las palabras mágicas: “yo sí creo”. Pero, sé que Alicia se la pasa descreyendo de mí, y que mi sombra ronda algún lugar oscuro de aquel sótano.

 

Ahora que recupere mis patines y consiga con la flauta la melodía exacta para conquistar a los herejes, intentaré con las habichuelas construir un árbol tan enorme que a Alicia no le quede de otra que creer en el país maravilloso de mi origen. Y si mi fuego la consume y mis besos la confunden, será mejor que huya al planeta tierra, que se guarde de mi vista porque de cuando en cuando la hipnotizo y la hago mía.

 

 

Fashion Alicia

 

Amedrentado por su hablar profundo (y es que Alicia sólo habla de moda o la última popstar que aparece en las portadas) me callo frente a ella lo que mi corazón exige a mis palabras: no he podido dormir porque hace falta que tu sueñes conmigo. Me apasiono por su voz aunque no sepa si es el Hamelin predestinado o mis oídos se hayan acostumbrado a su plática. Alicia está tan lejos de mí que a su país maravilloso sólo accederé estafando a la gallina sus cigotos o timando al duende con su olla o con la malversación de los dineros públicos. ¡Yo soy el César!

 

Trato de huir en vano; sus hechizos la sugieren a través de los espejos. Apenas la pronuncio y se materializa siete pasos adelante. ¿Quién me salvará de ella? ¿Por qué demonios no le han cortado la cabeza?

 

 

El Flautista

 

Anacoreta y desdichado, el flautista anda con su aliento buscando la piel que lo atrape, la dermis que lo haga sucumbir al océano. Con rumbo indeciso toma el camino amarillo, pero los kilómetros no se hacen con el tiempo: se fabrican al instante. Se detiene ante un cuadrado mágico, sin embargo, ni la suma de sus acertijos le indican el lugar exacto en el mapa de sus años. El flautista toca sin talento. Y una torva de ratones eleva su morada hacia la sima donde Virgilio lo ha estado esperando. Músico y Poeta descienden al tugurio en que ninfas y diosas se consiguen por un par de peniques. El flautista toca el nombre y nadie acude a su mesa –aquí tampoco está. Virgilio entiende su mirada, toca su hombro e inmediatamente salen sin haber tomado la cicuta. Músico y Poeta se despiden consternados.

 

En qué casilla de la historia he de encontrarte Alicia, si congelé el infierno y ya incendié al cielo, si ni ochenta mundos, ni veinte mil leguas han sido suficientes para bailar desnudos en el torrente de tu aroma.

 

 

Simpatía por los tesoros

 

Para recitar su aroma, el titeretero forja el mecanismo con hojas de sándalo y piedra de amatista. Ella, mientras tanto, juega con imágenes, vira su vida al sepia o algún color que parezca oscuro y abigarrado.

 

El itinerario ha dictado los pasos que siguen después de ella: caminar atravesando los días que vienen no sin antes recordar la palabra sistemática que me abrirá las puertas de la fama. El ralo fundamento de los hombres de negocios. Esa frase hecha con la cual se descalifica al género humano: “nadie es indispensable.”

 

Pero cómo vivir si su piel es La Esmeralda donde todos mis puntos convergen, y cómo no extrañar esos ojos que tantas veces me descubrieron en el lugar más húmedo del cuerpo.

 

Dónde he de encontrarte, dime; dónde he de enunciar, en qué punto del camino, en cuál de todas mis vidas, cuándo he de pronunciar el ábrete sésamo.

 

 

Alicia de corazones

 

Llegué a cierto reino inexistente, aun así invité a la sota una copa de ron. Charlamos sobre la postura del gobierno local con respecto a las políticas económicas internacionales, pero la dictadura siempre ha menospreciado al lumpen. Alicia de corazones ha mandado que me corten el suministro de sueños y golosinas, giró orden de aprehensión bajo el cargo de que he robado su tranquilidad, y ahora, guardias imposibles custodian las fronteras de su cuerpo.

 

Por la noche, campanita me rocía de polvo mágico, pero aun así no vuelo. ¿Quién demonios le dice que mi idea feliz se encuentra entre sus ojos? ¿Cómo carajos le hago entender que es la Alicia de mis sueños?

 

 

O la espada o la pluma

 

El poeta cantó en este amanecer de rayo, al oeste, muy al oeste; firmamento oscurecido por la tormenta, do la bailarina danzó, y por las grises nubes (pero la nieve sigue cayendo). Una guitarra sonará española ¡oh! Señor Campeador dadme a Tizón y Colada como prueba de que soy digno de tal belleza, que en mis brazos se acurruque la silueta embravecida de aquella maja-diosa. No hay elementos que detengan al Bardo Príncipe de las desavenencias, Conde de los retraídos, lúgubre dueño de la palabra, Mayor consigna de la carta falsa. La tendré como se acaricia a la guitarra, rasgaré su piel y tocaré su humedad, casi compositor, genio inconcebido; no importa Señor Campeador cuántas pruebas o batallas tenga que librar en su nombre; concédame a Braquemard o a Durandarte y que los infieles me teman y que escondan su cabeza porque a sus pies las tendrá la maja-diosa. Que con una pluma da igual, que de este servidor suyo será la Alicia, Señor Campeador, la única Diosa.

 

 

El personaje que faltó

 

Bailaremos en la rotunda noche un vals que envuelva nuestros silencios en las notas del oboe como una voz. Le pediré que me conceda ser su vasallo, un fiel aliado en contra de las trampas que ha tejido este mísero planeta.

 

Alicia, fiel a su educación, me dará las gracias por amarla tanto. ¡Que se vaya al diablo! Que me deje caminar solo y sin conocerla. Me cortaré el corazón para envolverlo con la carta imaginaria que diga: es para ella.

 

Soy la penumbra dibujada por la droga que consumió a Carroll, un as de empresas imposibles encallado en el mar oscuro.

 

No me escribiste Lewis, no tengo cabida en tu historia. Alicia nunca habló de mí como contó del país mágico que terminó por olvidar; no tengo la llave de la alacena.

 

Bailaremos y ella tocará otra mano. Me detengo en Ítaca a escuchar una sirena que no me olvida.

 

 

La reina de corazones

 

“… y mi corazón desnudo se pasea por la plaza…”

 

“… de este corazón extranjero que en tus calles es feliz…”

Fernando Medina “Ictus”

 

No me distingo en el espejismo que ha formado el vaho de la madrugada. Alicia se marcha por el mar en una barca que rueda por el globo y parece que su viaje no es redondo.

 

Estoy bajo la sombra de las palmas arrojando los sueños felices que firmamos en el desgraciado tiempo. No puedo huir porque esta tierra es mía, aunque dentro de sus horrores sólo represente un grano de polvo. He sido sólo un lazo, un puente que se tiende para que otros anden el camino de la historia.

 

Trazo con mis dedos las constelaciones errantes de la bóveda y me quedo a luchar. Ya no importa si no está ella curando mis heridas y cubriéndome del miedo y, eso, porque Alicia no es la Reina de mi corazón, es el mar de mis ojos a través del desierto de mis besos.

 

 

Costurera

 

A las doce dice Alicia que el cu-cú no canta. El dodo guía mi auto por el congestionamiento como prodigio de los superconductores. Nos hallamos náufragos en el eterno mar y buscando una isla que termine con las cuarenta noches. Ha llovido sin descanso desde que Alicia se robó mis esperanzas; he mandado recuperar, al menos, la forma insigne de mi sombra (Wendy sigue zurciendo mi nueva silueta), pero la recompensa que puedo ofrecer es de una exigua monta: “gratificación de ideas felices y polvo de hada”.

 

Redundo tanto en mí que mi doppelganger asumió la rienda de la carroza, entre claroscuros y paradojas matemáticas, sigo por el camino de las lozas amarillas. Busco y no busco el Reino de Oz, donde un mago extraño me regrese a mi país o me indique cuál de todos los caminos no llevan a Roma (no quiero llegar allí). A ratos me desvío de la vereda ante una sugestiva casa de bombones. Entonces, beso a la dulce Alicia y reímos como niños, traviesos, arrojamos lo que está arriba de la mesa y allí, en medio del comedor, arrancamos nuestras ropas y rasgamos nuestra piel (animales mitológicos) para bebernos la saliva que escurre de las bocas. Pero la ilusión no me detiene, voy al encuentro del reino muy, muy lejano.

 

Miro el reloj y las doce no transforman a Alicia en una rata; Alicia, bellísima, coqueta, mujer moderna, se viste con rapidez y me regala una sonrisa.

 

–Te advertí lo peligroso que es enamorarse de mí.

 

Se aleja divertida por mi desconcierto y, antes de que suplique una hora más, se larga. Le marco a Wendy y pregunto si ha acabado de remendarme la penumbra.

 

 

En la sala despierto

 

Creo que Alicia utiliza nuestras diferencias como pretexto y su argumento resulta pobre en cada pelea que tenemos: “somos diferentes”. Alguna noche en que Alicia me corre de su cama, medito largo y me doy cuenta que somos ininteligibles. Ella, como cualquier persona, prefiere lo fácil y se alinea al sistema. Ya olvidó la cueva por donde siguió al conejo, al sombrerero loco y a la liebre de marzo; ya olvidó que de niña movió montañas y arrasó con su columpio los vientos huracanes. Se le olvidó que su fe la salvó de encontrarse perdida en un tumulto de gente. Pero sigue pretextando que su autoridad de ser mujer le hace exigir lo que ella no conoce, lo que ella no da; por eso, cuando mañana despierte, haré de cuenta que lo que pasó no pasó, la invitaré a desayunar en la luna y a ganar una batalla con soldaditos de plomo. Alicia envejece al ritmo de la ciudad en turno

 

 

A Liz y a

 

Sin ninguna culpa le digo que hoy no iré por ella. Ella finge que no le importa.

–Mjm –asiente. Le platico que la otra noche la soñé vestida de Miss Jalisco.

–Pero si ni tapatía soy. Además, no soy tan superficial para participar en un concurso de belleza –me dice. No es que ella sea tan superficial, sólo que ganaría y rompería cualquier marca mundial con su belleza.

 

–Tú seguramente eres de los que desvisten a las mujeres con la mirada –dice.

 

No, yo soy de los que desnudo a una mujer con las manos y en la intimidad de un cuarto.

 

–¿Y se podría saber por qué no vas a ir hoy por mí? –pregunta sonriendo.

 

Sí, voy a recorrer esta ciudad para descubrir una cura contra el tedio, como pienso que tardaré mucho, no estaré disponible esta noche.

 

–Tú siempre tan poético cabroncito –murmura.

 

–Antes de tu viaje alrededor del mundo, pasa por la lavandería y recoge mi ropa –agrega.

 

O.k. Pero necesito viáticos, tú sabes, para sobrevivir.

 

–¿Cuánto? –(extiende su chequera y toma su pluma) pregunta.

 

En lo que valores mi estadía en tu vida–. Se levanta, camina hacia mí, y me besa de tal forma que me vuelvo a enamorar de ella. Termina de desayunar y sale hacia su oficina. Termino de desayunar y comienzo mi recorrido por la avenida patriotismo.

 

 

¿Alicia?

 

Busco su voz en la fibra óptica y le cuento mi sueño de hace dos noches: te robé el aliento con un par de besos. Ella evade mis proposiciones de largarnos hoy a un mundo fantástico. Alicia paga la cuenta de sus tarjetas, gasta, gasta, gasta en cosas que, según ella, hacen a una mujer más interesante. Pero no comprende que la reina de corazones siempre ha sido una mujer gruñona. Alicia emula a la mujer sofisticada, o eso, o de verdad esta Alicia no es la del país de las maravillas.

 

 

A través del espejo

 

Sé que encontraré mi fin en la lucha que he emprendido contra

el formidable arsenal del que dispone la sociedad. Sé que seré

vencido, que soy el más débil; pero espero

haceros pagar cara vuestra victoria.

En espera de tener el placer de volveros a encontrar.”

Garnier, de la banda de Bonnot / carta abierta

al prefecto de policía / 19 de marzo, 1912.

 

Descubre su cuerpo al espejo y nota que le falta un mundo que explorar. Porque siempre va a estar haciendo falta algo: una mano que toque su pierna, unos labios que recorran su piel, un aliento que sorba su olor. Y busca quien la llame por su nombre y la griten en todas las lenguas y la escriban en innumerables grafías. Pero no hay contadordecuentos que atine ni media palabra. Se mira a través del espejo y el reflejo, también, ignora su nombre.

 

Sherezade la omite en sus noches, Carroll inventa cualquier pretexto para no escribirla y a los hermanos Grimm nadie les habló sobre ella.

 

El espejo escupe la luna que tuvo entre su cuerpo y el Rey Rojo despierta insomne, “hay píldoras que raptan los sueños”.

 

Alicia, para contarte tenías que creer en ti, que eras como yo mismo...

 

El contadordecuentos reemprende con inusitado brío su tarea creadora, y vuelve a concebir un país maravilloso; donde las sombras se adquieren en barata y las alfombras no paran de volar; donde existen zapatillas de cristal y Liliputs debajo de las suelas, donde las brujas están sindicalizadas y los gnomos cumplen con la tierra; donde, donde, donde, donde Wonderland sigue sus pisadas.

 

 

De la azotea

 

Alguien estuvo aquí la noche del jueves. Ronda encima de mi cuerpo, brinca de un lugar a otro, saeta equilibrista, múltiple presencia. Alicia ha recomendado que me salga con él a inspeccionar la azotea, que busquemos el hilo de la noche para rehacerla en madejas, que asaltemos a la soledad en turno, pero ¡por Dios! Que la dejemos dormir. Se mete por debajo de la cama y, antropólogo curioso, se detiene en cada objeto que sobre las baldosas finge un obstáculo o meramente un cachivache. Nos tiramos, él sus garras, yo mis uñas. Y Alicia se ha vuelto sonámbula; nos arroja almohadas, injurias, esperpentos proyectiles. Evadimos con habilidad dramática hasta maldiciones y una que otra súplica. Ruidos, habitantes de la alcoba oscura, nos miramos a los ojos y firmamos un pacto de caricias, su lomo se estremece al contacto de mi mano, lame agradecido mi mejilla. Sabemos que Alicia al despertar el alba, bellísima, coqueta, mujer moderna, nos tundirá con agua congelada y hará que recojamos los destrozos de la noche.

 

 

Alicia no lidia conmigo

 

En el espejo encuentro una parte mía, borrosa, casi lejana. Cuando busco mi soledad en el armario me doy cuenta que la he traído puesta debajo de mi traje nuevo; el espejo me desnuda y me siento vulnerable a sus ojos que preguntan, la gente me mira revestido con facetas, pero sólo ella puede mirarme cuán soy.

 

He representado ante lo absurdo al amante romántico que Alicia leyó en sus cuentos infantiles, he sido el pirata que no se detiene en un puerto por más de diez segundos.

 

Me dijeron de un lugar extraño, al cual uno sólo llega si se está realmente perdido. Me miro al espejo y todavía me encuentro, aunque la imagen se va difuminando emblanqueciendo mis contornos. Siempre que busco ese lugar choco con mis pies como un ciego choca con sus ojos. Ahora me doy cuenta que para perderme de mí, tengo que perderme de ti que eres como yo mismo. La luz se ahoga en las sombras que invaden mi refugio, y sin luz no existe el reflejo, no existo yo, no existes tú...

 

Me derrumbo en medio del nuncajamás, ¡vuelo sin Alicia! Ella ya no lidia conmigo...

 

La noche lleva mis palabras hasta su ventana, pero Alicia, vieja prematura, cierra su corazón a mi yo desconocido.

 

 

Liebermacher

 

Hilo a hilo forjo el carrete que las ensoñaciones de la Diosa me han dictado a través de mis ojos ciegos. Sé que no me punzaré para yacer dormido mil años, pero en cambio, cuidaré la pesadilla de la humanidad por el mismo periodo.

 

En aquel territorio prohibido para el hombre, la Diosa me ha dictado el tejido que Cupido arrojará al cabo de ese tiempo, y ¿Por qué no ahora? –le pregunto. Me responde que la tierra está llena de cosas materiales, ningún ser entendería el mensaje...

 

Qué hago yo zurciendo tremenda empresa; le pregunto al espejo y a la escoba con que barro las sobras de mi corazón si acaso habré entendido lo que es construir con esperantos un sentimiento o formar lazos con la mujer de junto. Pero el espejo mudo y la escoba barre que barre. Te pregunto a ti y ni tú me lo contestas, sólo entonces entiendo a la Diosa: tú tampoco comprendiste mi mensaje.

 

 

Tus pasos

 

Anoche no escuché tus pasos que iban oscuros. Atento me acerqué a la puerta y conté las horas que todavía no vivías. Le puse un nombre a la arena para que no huyera de mis manos. Me siento contra la puerta y susurro tu nombre tres veces antes de negarte mía; prohibida, se cierra mi boca, prohibida. Escribo tus pies debajo de mi cama, te invoco llanura, soledad, virgen en mi piel, estela pronunciada como el verbo que da origen a mi vida. Y miré la pobreza encarnecida en mis ojos porque tú faltabas. Y miré el espacio donde las estrellas iluminan mi camino.

 

No sé por dónde borrarte de mi aliento o en qué lugar me devolverás el alma...

 

 

Ciudad Esmeralda

 

Llega el olor del mar en el benjuí que atrapa mis sentidos. Ante una corte soy juzgado por mis actos y el jurado me declara culpable. Como si yo fuera dueño de mi voluntad, como si mi corazón me perteneciera.

 

Alicia llega a imponer un orden diferente, el tornado que la ha traído se asienta en mi país y no soy capaz de oponer resistencia: ha conquistado los orígenes de mi reino. Derriba mis ilusiones y me dice que ninguna flauta es capaz de seducir a los ratones. Demuestra científicamente que mi sombra no puede huir y andar prendida en los pecheros de la historia. Arroja mi alfombra por la ventana para comprobar la ley de Newton. –¿Lo ves? No vuela –mientras dice esto una sonrisa se dibuja a sus espaldas.

 

Rápidamente, sube a su auto y me lleva a buscar la casa de bombones para mostrarme que no existe tal construcción en la repostería de la ciudad. Argumenta, a través de sus conocimientos biológicos, que el pegaso y el grifo sólo existen en los libros mitológicos. Desdice mis sueños al nombrarlos e inventa nombres para cada uno de ellos: charlatanerías, fantasías, quimeras, utopías, ¡bah! Sólo eso. Y agrega: “un hombre que merece la pena tiene los pies pegados a la tierra.”

 

Le pido a Alicia que choque tres veces sus talones y pida volver a casa.

 

–Pero son tenis, no son zapatillas.

 

Creo que todos tenemos un lugar en donde estar, el lugar exacto sólo lo sabemos cuando llegamos allí. Creo que tú sabes dónde y con quien quieres estar. Choca tres veces tus talones y pide ese lugar. Si desapareces en el acto, no importa, correré el riesgo, pero si, a pesar de ello, sigues aquí, entonces tendrás que descubrir cuál mundo es el que se inventa. Porque yo no entiendo ese mundo donde no existen los dragones y las sirenas. Si te quedas aquí tendrás que compartir tu vida.

 

Alicia, temerosa, se prepara para confirmar qué mundo es el que no existe y retratarse en la penumbra. Me mira y una lágrima recorre su rostro.

 

–No quiero saber si he estado equivocada, no quiero.

 

Tomo sus pies, le digo que tiene razón: los unicornios sólo son personajes de cuento.

 

 

 

Jinete

 

Me teje mientras la espera la envejece; suele caminar en punto de la media noche alrededor de la oscuridad. De cuando en cuando pinta los muros de su cárcel a través de una lengua desconocida que ni ella misma entiende. Ahora descifra cuál es el nombre de su amante, ahora qué tiene qué hacer con su sendero, ahora se tira las cartas para saber si elige dos o cinco, ahora pregunta al oráculo cómo se llama él... pero el oráculo nunca, y el tarot jamás le van a decir que me encuentro a menor distancia de la que supone. Que nunca estuve en Ítaca porque me negué a partir y a luchar quién sabe qué batallas imaginarias. Tampoco le van a decir que prefiero luchar por ella, aunque en el desgaste esté impresa la violencia de un amante. De nada vale que tense el arco o le diga secretos que sólo ella conoce, ni así me reconocería.

 

Teje sueños en donde la peor pesadilla es no encontrarme. –¿Quién eres tú…? –pregunta cuando la miro. Cómo decirle “sólo tú lo sabes” si mi lengua es el silencio que sucede entre dos que se aman. Me aparto del sino de Alicia porque ella se ha creído invulnerable. Sólo yo la veo desnuda, sólo ella enunciará mi nombre.

 

Repite su tejido y lo desteje... repite mi nombre y lo maldice, y repito su nombre, Alicia, Alicia, Alicia.

 

 

 

Mítico rumor de calle siete

 

Yo soy el raro, eso según tú, porque digo que te amo como puedo decir libros al dos por uno. La acera me convida unos pasos fuera del silencio, perro del mal, paracaídas... Yo soy el poeta que se enamora de ti, por supuesto, comenzaré a platicarte mi vida que, definitivamente, carece de cordura. Me levanto de la cama y no te pienso porque la somnolencia me lo impide, te desayuno por las mañanas arrebatado de alergia a los encabezados matutinos. Luego a divagar un rato por la calle creyendo que volverte a ver, quizás, sería la solución a esta terquedad que me atosiga (volver a caminar frente a tu casa), la tarde llega entre reclamos y premisas falsas, eso me lleva al estructuralismo tan lleno de cosas difíciles. Sugestivamente presiono tu costado, pero no sangras ni yo me enamoro menos. Así que alguna tarde pasearás por el desnivel de esta ciudad maravillosa, me perderás en todas horas; en el juego de ajedrez tú ni serás soñada, y entonces despertaré para darme cuenta que de no existes.

 

 

Se ha escapado la noche

 

Ya que me dejaste suspendido de un pedazo de la noche, al menos arrójame al infierno de donde me sacaste. Libérame de tu olor que se ha quedado en mi memoria erosionando las pocas neuronas que me quedan. Te platico lo de siempre, mi país es cotidiano, es más, noto ciertos lugares que se repiten: la muerte, la soledad, el hastío y esta manera muy mía de no olvidarte. ¡Ah! Qué lata, andar siempre pensando en dónde mora tu cuerpo, en qué lugar te perdiste, o cuántas veces me has dejado rendido y con la tristeza asomando por mis ojos. Te platico también que a veces lloro, no por molestarte sino precisamente para que te rías y sepas que mis labios no se olvidan de tus labios, y que mi sombra se niega a regresar (seguramente se acurruca contigo cuando duermes), pero por lo demás, lo que me queda –pero ¿qué es lo que me queda?– casi nada, unos segundos de tus pies y tu caminar junto a mis pasos, todo lo que te obsequié y lo que ya no pude darte, tres centímetros de tu voz y un kilo de promesas, cien centavos de tu chocolate preferido y una epidemia de tus miradas. No pretendo ser correspondido y ni siquiera visitado, sólo quiero que sepas que no soy ni la liebre de marzo ni el sombrerero loco ni cheshire ni el rey rojo. Soy, por lo que sabes, uno de esos raros que se inventa en tu memoria.

 

 

Operística Alicia

 

La escucho cantar, la escucho linda tararear el sonido de la noche, y de sus labios quedo prendido, de su figura de estela ultramarina quedo encantado; me ha convertido en piedra. La escucho musitar el trino del ave serpentina que se enreda en mi cintura, que me envía al beato cielo en una explosión de copiosa lava. La escucho sinónimo de lira y antónimo de muerte; ha descifrado mi silencio a través de su silencio y mi cárcel átona suena entre los ritmos de su carne ¡rataplán! Mi mudo corazón tamborilea al contacto de su aroma... pero después calla y su magnífico canto congela la cera que me cubre la boca.

 

 

La noche del guerrero

 

–Estoy enferma y no hay antídoto contra la tristeza.

 

Le pido a Alicia que olvide sus veintemil enfermedades y me deje protegerla de los hipos, de las madrugadas más violentas y del índice de mortandad por amantes no correspondidos.

 

–Estoy enferma y no hay remedio que funcione.

 

Receto a Alicia un duende que la inspire a retar la cotidianidad de sus costumbres, que se invente una muerte o una alfombra voladora para llegar más rápido al colapso de sus nervios, que saque de la nada una lámpara y la frote entre sus piernas, yo acudiré a ella y le concederé todos sus deseos.

 

–Estoy enferma y no hay cura en el dispensario... pero, anda ve tú, ya me contarás.

 

Regreso a casa y le cuento a Alicia de la voz de aquel mitad bardo, mitad dios que me invitó un juego de ajedrez, pero sin reina; de los elefantes saetas que hacían piruetas sin red de protección ni seguro de vida; de los autos supersónicos en busca de velocidades imposibles; de la lira que encantó mis oídos y me llevó ratón de la mano a su oculto refugio.

 

–De lo que te perdiste, Alicia, de una noche conmigo.

 

 

La Esfinge

 

No siento que me evoque por las noches; contengo la euforia en un cofre, en lo más profundo de la gruta y cubro la entrada con la piedra filosofal. Ella no tiene por qué darse cuenta de que mis manos se reinventan en sus formas. Me lamo, como gato, las heridas y no encuentro un tónico contra la soledad, me marcho solo a la oficina para jugar malabares con el café y papeles membreteados que se amontonan en el suelo. Aunque mi vida sigue subsistiendo a pesar de la inflación y tantos “yo no creo”, las hadas se mueren por docenas y su polvo no es suficiente para elevarme. Tengo que quedarme aquí hasta que renazca campanita.

 

Tras la calle hay otro mundo que se crea: los mendigos se han vuelto los fenómenos más comunes en esta ciudad eterna.

 

He recogido las sobras de tu sombra en la central del sur y el mes de enero me congela los zapatos; cómo llegar a ti si he vuelto sobre mis pasos hasta tu puerta y no escuchas mi llamado.

 

Evado como puedo las esquirlas que arrojan los suicidas, no quiero contagiarme de muerte precoz y padecer insuficiencia respiratoria por una soga. Camino hacia la gruta y la piedra inamovible se niega a descubrirse. Simula de Esfinge acertijos y la última pregunta me detiene: ¿Cuál es el nombre de la mujer que amas? No puedo responderle, no quiero que al enunciarte te invoque y acudas a mis labios.

 

 

Breve acto de escapismo

 

La gente de mi pueblo me preguntan y dicen,

La gente de mi pueblo me preguntan y dicen

Que en el fondo tu dueño soy yo,

Que en el fondo tu dueño soy yo

Lo que pasa es que finges.”

Diomedes Díaz

 

Le tengo que fingir que nada ha pasado y en la plática parezco tan cotidiano que seguramente estará aburrida ante mi indiferencia. La aprendiz de brujo quién sabe dónde andará despierta porque mi sueño se volvió pesadilla y ahora no me encuentro en ninguna parte. Cansado de siempre perderla he decidido erradicarla de mi inventario; ya ni discutimos sobre política financiera y cualquier banalidad es pretexto para ignorarnos. Se ha convertido en escapista, pero en realidad siempre se la pasó escapando de mis brazos. Por eso no me extraña que huya, lo ha hecho desde el principio. Simulo tanta apatía que mi soledad ni me acompaña a donde supongo huir (y es que yo también huyo). Sin embargo, ni se imagina la luz que brilla dentro de mis ojos cuando por cualquier motivo sé algo sobre ella. Tengo que callar este deseo por tenerla y la ansiedad de tocar la noche a través de su mirada.

 

Alicia no cuenta conmigo porque no he sabido ser el hombre exitoso que pintó sobre su cuerpo, pero cómo voy a serlo si le tengo pavor al éxito y todo este mundo me parece tan terrible que me la paso creando tierras donde quepan muchas tierras. Sí: “un mundo donde quepan muchos mundos.” Sí: “un mundo mejor es posible.” Porque al final debemos tener un final bueno, uno verdaderamente justo, no el final que me venden a intereses sobre intereses y me muestran en los aparadores.

 

Le tengo que fingir que me importa un carajo su destino, aunque quiera correr hacia ella y tomarla entre mis manos para decirle que me siga soñando, que aún no despierte porque yo no formo parte de lo concreto, soy un ser etéreo.

 

Pero si somos resultado de múltiples casualidades ,entonces no somos constantes, entonces, este amor que me transmuta en piedra no durará eternamente. Piso mi lengua y le digo que está bien que desaparezca, que nunca ha hecho falta, al fin y al cabo el tiempo es relativo.

 

Vuelvo a subir mi vista y le digo: adeu, esperando que mi vereda no me lleve hacia ella.

 

 

Por fin Alicia

 

Llega a la mesa en donde el lirón, el sombrerero y la liebre comparten un hipotético manjar y cuentan historias asombrosas del sino del pirata. “No hay lugar”. Alicia se incomoda ante la prohibición de los anfitriones y molesta rebate la misiva: “hay demasiado espacio en la mesa”.

 

No Alicia, no hay lugar en el mundo fantástico que tu misma inventaste. Aquí sólo vivimos los sueños y los triques, las hadas y los unicornios, los callejeantes y las callejeras, los inútiles y los irresponsables. Vete al mundo raro donde las cosas son convenciones esclavas del sistema, donde vivir significa aprender a someterse ante los dueños del océano.

 

Vete lejos y déjanos con los no-cumpleaños para celebrar todos los días una fiesta. Porque no hay lugar para el sueño americano ni para la globalización financiera.

 

Aquí no aprendimos a ser esclavos ni a consumir la basura de la modernidad. Aquí le tomamos el pelo al tiempo y comenzamos a descubrir que podemos vivir sin ti porque de la esperanza humana nace la palabra escrita. Aquí somos contadores de cuentos y rivales de la historia.

 

Vuelve a decir el sombrerero “no hay lugar” y el lirón somnoliento le cuenta a Alicia sobre el pozo de melaza. Pero Alicia no lo concibe.

 

No hay lugar, ¿lo ves? Te dije que creyeras en mí, que podíamos volar y darle un orden distinto a la tierra. No hay lugar Alicia, tú vives en lo superfluo y yo vago en lo profundo.

 

 

 

 

 

 

 

Alicia después de Alicia

 

para Alicia Fj

 

Los nombres

 

Dice que no nos veamos con frecuencia porque podríamos acabar enamorados.

De eso se trata, cielo –digo.

Lo niega.

Dice que no hay que tirarse al precipicio, sino caminar permanentemente por la orilla.

Yo no me he tirado nunca, he resbalado –preciso.

Es inútil.

Entonces, le digo que no es que me haya aburrido de su método amoroso, pero eso de hablarle por teléfono cada hora, excepto las noches, desde hace tres meses, me desespera un poquito. Para no tocarle fibras íntimas, le digo con cierto cuidado, con delicadeza, con pausas; pero ya es demasiado tarde para las minucias.

Cuelga sollozando.

Víctor Rura

 

De pronto le hablé a Luz y le conté, sucedió un suceso, Alicia se hizo presente y tengo que escribirlo. Lo escribí, pero ya el libro había sido publicado. Hablé con el editor y le sugerí, le exigí una segunda edición. Afortunadamente estuvo de acuerdo. Así que considerémoslo de la siguiente forma: esto es un mero pretexto para que dos textos más fueran incluidos en el libro.

 

En la presente edición agradezco la lectura y presentación de Laura Hernández, el diseño de Sergio Legaspi, las observaciones de Isa Huerta Flores, la portada de César Nández, las ahora sí correcciones de Carolina Z. y la presencia de la maravillosa Alicia Fj.

Alicia la de las maravillas



Laura estaba de espaldas, garabateando no sé qué galimatías sobre la pizarra y soltó la cita, como dijo... se quedó dudando. Entonces yo articulo el nombre, emito la palabra, susurro desde mis automáticos labios el concepto que la denota ¡Alicia! Laura detiene la tiza, voltea y continúa la oración, “la de las maravillas”. Mi corazón da un salto triple hacia ninguna parte, se estremece y con él, se estremece mi sistema nervioso, mis venas y mis músculos, todos mis glóbulos blancos recorren las arterias aumentando su velocidad por un millón cada milímetro recorrido; mis dientes, mi lengua y mi glotis intentan formular un argumento, mis neuronas son repetidamente golpeadas por gángsters traicioneros ¡qué detengan el mundo! esquina bajan, ¡qué alguien apunte las placas del torton que me acaba de golpear! Mis pensamientos se estiban para alcanzar la cumbre de la elocuencia, no, yo no, ella no es; Laura sonríe y dictamina que en efecto: Alicia no es Alicia. Alicia no es /a/ /l/ /i/ /s/ /j/ /a/. Alicia no es alicia. Alicia no es Alicia. Escucho detrás de mí la sonrisa de Alicia (¿Por qué nunca había escuchado la sonrisa de Cheshire o la de Roger?) También percibo que enuncia algo, pero mi confusión es mayor y no distingo ni un sonido conocido y mucho menos una sílaba que yo reconozca como parte del inventario de mi lengua; quizás haya formulado un conjuro, una flor de bruja, una pata de conejo. Su mano se posa sobre mi hombro. Mi corazón palpitó desordenadamente desde que Laura dijo “la de las maravillas”. Recorro el cuarto y veo al Lirón con cabello rojo, al Sombrerero Loco de impaciente barba, a una Reina de Corazones morena y medio hippiosa, a una atlética Flor y a una chiflada Liebre rubia. Intento tranquilizarme: Alicia no es Alicia. Volteo finalmente a mirarla para asegurarme de que no es la de las maravillas, dudo, no estoy en mis cabales, Alicia maravillosa, maravillante, maravillada; maravillosamente Alicia. A mí qué me importa si ella es o no es una quimera, una fauna, una Diosa remota, una imposibilidad matemática.

Volteo finalmente a mirarla y recuerdo la palanqueta de amaranto. ¿Es una metáfora que diga: “Alicia me dio una alegría para alimentar mi hambre”? “La magia es la pesadilla de lo causal”, dijo Borges.

 

Volteo finalmente a mirarla y, maravillosamente, y maravillado veo a Alicia.

 

Recoge sus cosas, me entrega un libro que no es mío, se levanta, me saca la lengua y parte hacia su oficina. Me quedo sentado tratando de entender al mundo: sus cuasi reflejos, sus clavarse, prenderse, alucinarse; sus constructo verbo nominales y perífrasis en infinitivo, sus verbos transitivos y el fonema múltiple vibrante, su estructuralista condición de clases y su neogramática historia del discurso.

 

Me quedo sentado tratando de entender al mundo.

 

 

Alicia

 

Agosto 2 de 2009

 

No Alicia, no fugaz,

no princesa durmiente ni hoja de coral ni verde rama.

No pluma fuente,

no ruina sobre el tiempo ni zona de silencios

ni huellas tras los pasos del durmiente.

 

No batalla en el desierto que se fuga para no vencerse,

no fotografía futura de la civilización pretérita para el hombre;

no dragón ni serpiente que baila ni musa extraviada

ni dulce llama.

No Alicia, no tema de leyendas, no lugar de los encuentros ni piel extraña.

No matinal suspiro ni tronado beso ni larga noche larga.

 

No perecedera, no tampoco inmortal,

no mística ni aurora ni sol ni luna.

 

Pero si, sí.

 

Sí Alicia, sí fugaz

sí princesa que despierta, sí hoja de coral, sí ardiente rama,

sí pluma a la poeta,

sí zona de compases de silencios y maravilla ignota;

sí huellas dejadas en la arena.

 

Sí batalla que se enfrenta,

sí fotografía de sí (que un hombre admira);

sí dragón y sí serpiente y sí musa que canta

sí dulce llama.

Sí Alicia, sí tema de novelas, sí lugar de coincidencias, sí tersa piel.

Sí amanecer suspiro, sí beso profundo, sí larga noche larga.

 

Sí mortal, sí flor de tiempo.

Sí mística y aurora, y sí luna y sí sol.

Sí Alicia, sí memoria, sí sonido y paradigma

sí música y palabra.

 

 

 

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