Ludmer y las literaturas postautónomas Imprimir
Escrito por César Cortés   

Ahora, ser idéntico a sí mismo ya no es deseable. Difícil llevar aquel sello que, en el ejercicio de la integridad antecedente, se ensalzaba como uno de nuestros derechos más meritorios. Todo ciudadano debía –debe, cierto, incluso ahora mucho más que antes, aunque no por las mismas razones– ser identificado e incluido en las proyecciones realizadas para lo que los esquemas de planificación estaban hechos: el control colectivo. Control de los afectos y de los efectos de ello. Control del cuerpo en la medida en la que era concebido todavía como producto de un sistema histórico organizado. El individuo daba la cara, se presentaba como una representación modal, como quien caracterizaba el ejemplo que una comunidad debía seguir. Los otros, los que no se adaptaban, los exiliados, eran algo definitivamente distinto; incomprendidos o no, se les usaba sólo como parte del ensalzamiento de las historias de marginación que las grandes urbes producían.

 

 

Es ahora que mucho de lo que antes permanecía inamovible cambia, se disgrega y amenaza con mutar de forma. La máscara que alguien se colocaba para poder adaptarse, ahora se ha multiplicado. Justo por eso, porque la ubicación de una persona en un contexto determinado le redimensiona como tal, las nuevas literaturas han optado por trasladarse a lo que Josefina Ludmer, en un breve texto llamado Literaturas postautónomas [1], y motivo de la reflexión presente, llama islas urbanas. En el ensayo afirma que en la narrativa contemporánea ya no se escribe con la intención de registrar los acontecimientos que pudieron haber sido olvidados en la historia, ni tampoco con el deseo de dar testimonio de los detalles de la existencia contada con lujo de detalle. En las nuevas construcciones narrativas se dice tan sólo como constatación de una manera de vivir el presente. Y refiriéndose a la ubicación en la que algunos autores argentinos han colocado a sus personajes en la narrativa contemporánea, llega a una conclusión reveladora:

Estas escrituras no admiten lecturas literarias; esto quiere decir que no se sabe o no importa si son o no son literatura. Y tampoco se sabe o no importa si son realidad o ficción. Se instalan localmente y en una realidad cotidiana para ‘fabricar presente’ y ése es precisamente su sentido.

Cuando leí la nota anterior, respiré profundo. Nada más preciso; justo como el dardo colocado en el entrecejo de un ciego. Porque muy poco antes había asistido a una de esas fiestas de escritores en las que todos hablan de sus proyectos y se ufanan de las ideas microscópicas que acuden a sus mentes no precisamente para cambiar el rumbo de los acontecimientos del mundo o de eso que llamamos, cada vez con mayor desconfianza realidad, ni nada parecido, sino apenas para matizar el origen, la materia de sus propias elucubraciones. Luego de aquella tertulia, me quedé con la sensación de que muchos escritores no hablan de otra cosa que no sea una idea del mundo muy limitada, cada quien parapetado en una concepción caduca de la literatura, aprendida en las aulas de las academias y, las más de las veces, en la imitación de las maneras acerca de lo que se debe decir para formar parte de un sistema complejo. Y sin embargo y a veces, muy a su pesar, esto no corresponde a la realidad de la misma obra que cada quien escribe. ¿Por qué? Ludmer responde con claridad partiendo de la idea de que en tanto la mayoría de la literatura que se escribe hoy pretende reflejar el presente, esta suele cruzar naturalmente la frontera que la diferencia de la realidad. Puede parecer literatura y puede venderse en sus distintos formatos, pero fundamentalmente no es literatura en el sentido en el que se le comprendía antes. Los criterios literarios, las categorías de obra o de autor que firme la falta, la indecibilidad o la metáfora no abarcan su integridad, justo quizá porque ya no la hay. El mismo escritor convertido en participante de la trama, formando parte de lo que se requiere para el análisis del sentido de la obra, complica el problema. Justo, quizá, porque es en el vacío de sentido en el que cada escritor firma sus propuestas. También porque es en la ambigüedad de la personalidad donde estas prácticas se inscriben. Los objetivos no son meramente estéticos o, en todo caso, pretenden una estética de la incidencia más allá de las páginas de un libro o en la pequeña vida innombrada y fútil del lector que bajo la lámpara se sorprende de lo que hacen seres que él mismo construye al avanzar la lectura.

Esto es lo que Ludmer llama la literatura en el fin de ciclo de la autonomía literaria. Porque la circulación de la cultura depende de por sí de factores externos al ejercicio de la misma fuente de la que parte. Es decir, en el caso que nos compete: editoriales trasnacionales, televisión e internet, la puesta en juego de una ruleta de posibilidades que hacen del producto literario real, es decir, de los efectos de consumo y de su incidencia en las elecciones de los lectores de todos los días, algo muy distinto. Muchos lectores no leen ya a sabiendas de que así formarán parte de un gran sector. Los colectivos son preferenciales y anidan según diferencias muy sutiles; grupúsculos que obtienen su sentido de pertenecía en un territorio bien acotado, pero que a la vez pueden trasladarse de un lugar a otro, en la medida en la que no son requeridos sino idealmente en el territorio en el que habitan.

Y así como las ideas de espacio y lugar se han modificado, la ficción y la realidad ya no son sino emulaciones de lo que antes eran; se vive algo muy parecido a lo que nuestros padres únicamente jugaban. Por ello la identidad hoy se adquiere según la parte de la personalidad que desee reforzarse. Se elige en tanto se sabe que el “yo” puede ser una copia de quien está en el espejo. Pero el del espejo no soy “yo”, sino quien simula lo que seré. Siendo la literatura un espejo del lector, la identidad es trastocada.

La realidad pasa a ser una categoría; luego entonces ésta es redefinible en la medida de otras categorías. Por ello hoy la ficción es redimensionada. La literatura, que ahora se establece en la negociación que hace con el presente, se desdibuja. Ya con la non-fiction el territorio de las ideas quedaba en entredicho. El mismo Truman Capote lo decía: quería escribir lo que yo denominaba una novela real, un libro que se leyera exactamente igual que una novela, solo que cada palabra de él fuese rigurosamente cierta.Se trataba de una crónica que era relatada como si no hubiese ocurrido, como si nadie hubiese deseado que pasara. Y que sin embargo pasaba. Lo que ahora es un lugar común, antes resultaba novedoso; la ficción supera a la realidad. Esto en la medida en la que ficción solía equiparase con mentira, como lo señalaba ya el educador italiano Gianni Rodari. La fantasía es el correlato de la realidad. Ninguna ficción puede partir de la nada. La ficción es el referente inmediato de la realidad.

La fantasía no está en oposición a la realidad, por ejemplo para explorar el lenguaje, para explorar todas las posibilidades para ver qué resulta cuando se oponen las palabras en sí [2].

Quizá lo que cambió no fue entonces la esencia de un problema como éste, tan mencionado y manido. Lo que se modificó fueron las políticas de intervención entre los dos conceptos. Más allá de lo que afirma Josefina Ludmer en relación a los cambios de concepción necesarios para que las nuevas literaturas tuvieran hoy este carácter de postautonomía –por un lado el hecho de que todo sea regido por la economía y, por lo tanto, que toda cultura parta de ello, y por otro el quebrantamiento de la frontera que los medios han llevado a cabo entre ficción y realidad por motivos comerciales– lo que se alteró fue una manera de hacer política en la que las categorías era respetadas en tanto se tenía conciencia de las diferencias entre ser de un bando o del otro. La pertenecía hoy es móvil, líquida, como lo afirma el sociólogo Zygmunt Bauman [3]. La no permanencia implica el flujo y la mezcla en ese transcurrir. Y la web apenas representaba formalmente lo que ya se veía venir con las rupturas artísticas desde las vanguardias a la fecha. Si hoy, en la “realidad cotidiana” todo se mezcla, como si el continuo de un blog no pudiera dejar de presentar texto, esto podía por supuesto intuirse desde mucho antes. Lo que era más difícil de prever era la conciencia ciudadana sobre la inmaterialidad de los Estados-Nación, la incredulidad del individuo que, con nuevos medios a la mano, ignora las decisiones tomadas a costa suya, sumiéndose en una especie de huevo de plástico informático en el que es posible generar una estructura social independiente y unipersonal.

Cierto que en el caso latinoamericano, específicamente a mediados del siglo XX, el problema de la “realidad histórica” estaba vinculado al problema de realidad y la ficción. Dice Ludmer:

En ellos, la realidad era “la realidad histórica”, y la ficción se definía por una relación específica entre “la historia” y “la literatura”. Cada una tenía su esfera bien delimitada que es lo que no ocurre hoy.

La generación del boom latinoamericano todavía hacía la diferencia entre lo real como equivalente a lo simbólico, la fabulación y la mitología. Mera subjetividad, la ficción cumplía la función de generar tensión entre estos dos polos. Consumaba su cometido en la medida en la que rescataba del olvido una realidad histórica, convirtiéndola en un mito, en una pequeña fábula de la infamia política o social. Se trataba, pues, de la configuración paulatina de un espacio fronterizo convertido en imaginación pública. Lo que posteriormente se transformó en las islas urbanas de sentido en el presente de las nuevas literaturas.

Justo lo ocurrido en las literaturas todavía herederas del modernismo kantiano –esas suposiciones ficcionales– es que producían la reivindicación de sus propias voces marginadas. Ludmer asume esa falta; fue ahí donde la “lógica interna” de la literatura se trastocó. Las instituciones que le daban sustento como la academia o la crítica, incluso el hecho de que fuera posible estudiarla en centros de enseñanza en los que se debatía su sentido, quedó rebasada por la nueva realidad. Y, por supuesto, la idea de que se autoregulaba y formaba parte de un ámbito acotado con leyes propias y, hasta cierto punto, no del todo dependientes de las razones de la ciencia política, la historia o la economía:

Autonomía, para la literatura, fue especificidad y autorreferencialidad, y el poder de nombrarse y referirse a sí misma. Y también un modo de leerse y de cambiarse a sí misma.

Lo que Ludmer llama realidadficción, no es sino la ruptura de los límites que formaran las esferas de pensamiento y de cohesión de la que ya habla Deleuze. Y lo que contiene hoy ese desbordamiento del sentido en la ruptura de los límites es la imaginación pública. Formalmente –si es que se puede hablar ahora de formalidades definidas– las confrontaciones entre grupos de distinta tendencia, las escuelas y estilos se difuminan. Realismo o vanguardia, estructuralismo o libertad creativa. Pero, sobre todo y algo que me parece crucial; la oposición entre literaturas nacionales y cosmopolitas. Y esto a causa de que una de las ideas centrales que fundamentan la noción de canon literario es la conformación de literaturas nacionales que apuntalen a los Estados y la identidad que se generaba alrededor de ellos. Sin embargo, en tiempos en los que ya no se vive en un sólo lugar, en los que las mismas constituciones que integran el ideario legal de un país se ponen en tela de juicio, lo que se debe leer para conformarse como ciudadano de un especio político que cambia constantemente depende de cada noción de ciudadanía. Tanto como ciudadanos en un país. ¿Qué leer, pues, si me convierto en un turista cuando salgo de mi barrio? ¿Qué, si a la vez soy ciudadano del mundo cada que enciendo la computadora?

Sin embargo, y por el contrario de lo que afirma Ludmer, estas literaturas postautónomas no han perdido su punto de vista político. Ella afirma:

Al perder voluntariamente especificidad y atributos literarios, al perder “el valor literario” [y al perder “la ficción”] la literatura postautónoma perdería el poder crítico emancipador y hasta subversivo que le asignó la autonomía a la literatura como política propia, específica. La literatura pierde poder o ya no puede ejercer ese poder.

Me parece que lo que ha cambiado es el territorio en el que esas batallas se libran. Si la esfera de la literatura se rompió, como muchas otras esferas del pensamiento, si su contenido se mezcla hoy con los términos que una realidad móvil genera, esto no quiere decir que ahí –un ahí indeterminado, cierto– no existan diferencias sobre las cuales ciertos escritores trabajan. Tal es el caso del colectivo Luther Blissett que armó un montaje especular inventando a un escritor inexistente, una personalidad literaria ficticia con la cual incidieron en determinadas maneras de concebir la autoría y la legislación sobre los derechos reservados de su obra. Más allá de la lucha de poder literario, lo que escritores como Cory Doctorow o Lawrence Lessin buscan –el primero escritor reconocido de novelas en blogs y el segundo fundador de Creative Commons– es incidir en el dominio del mercado que rige hoy el mundo, y que Ludmer no contempla del todo. Porque si a pesar de esta apertura de fronteras conceptuales, los viejos códigos siguen operando como un simulacro de lo que antes era entendido como realidad, sea esto espejismo o no, las escisiones funcionan aún desde ese imaginario. La oferta de mercado (incluido el editorial, por supuesto) es inmensa y las propuestas con apariencia de reveladoras desbordan los catálogos de productos, así como las mesas de novedades en las librerías. ¿Qué debe permanecer, qué se irá? Y sobre todo, ¿de qué depende? ¿De quién?

De cualquier manera, lo que Ludmer encuentra, desde el terreno de la academia, es significativo en la medida en la que las condiciones de circulación cambian, y por lo tanto, lo que se deriva de ellas. Porque su análisis se basa muy claramente en la cultura del simulacro que Baudrillard ha ya definido tan bien. Esto que nos parece literatura no es sino una espiral hacia el infinito de la especulación en el territorio incierto de lo contemporáneo. Y si, finalmente, ésta puede seguir siendo leída desde un punto de vista de autorreferencialidad, desde la definición de sus recursos, paralelismos, paradojas o reseñas, esto no modifica su carácter de postautonomía. Porque todo depende, ya, de desde dónde se lea:

Dicho de otro modo: o se ve el cambio en el estatuto de la literatura, y entonces aparece otra episteme y otros modos de leer. O no se lo ve o se lo niega, y desde entonces seguiría habiendo literatura y no literatura, o mala y buena literatura.

En todo caso un medio renovado, entendido como dispositivo, como liberador de contenciones que no pueden sino ponerse al descubierto, es el presente. Y este presente es inmaterial, real-virtual. Su pulpa es la imaginación pública, en la que no es posible establecer índices de realidad o de ficción. En ella tan sólo se construye presencia, y ahí apenas se alcanza a contar la vida cotidiana fuera de los estereotipos. Lo que pasa es parte de una realidad-ficción bien particular que tiene como condición fundamental la inestabilidad y la mutabilidad. Y los seres surgidos de esta lógica no se parecen a los sujetos históricos de antes.

Si esto puede ser leído con esperanza o no, yo no lo tengo claro todavía. Dependerá, seguro, del uso que este imaginario público haga de las tecnologías y de los aparatos de circulación. De nuestras habilidades para generar ambientes nuevos en los que los otros se atrevan a vivir. De la construcción de rizomas de sentido, de Zonas Temporales Autónomas –en términos de Hakim Bey– en las que una determinada cantidad de gente puede subsistir en base, de nuevo, a un sentido común. La literatura, entonces, podría volver mutar en la medida en la que se presente ora como constatación, ora como recuperación del rito o, por lo menos, de un mundo simbólico que recomponga el sentido de lo que se escribe acerca de los días. Y si a eso se le podrá seguir llamando literatura o no, ya se verá.

 



[1] Ludmer, Josefina. “Las literaturas postautónomas” [Documento en línea]. Ciber Letras. Revista de crítica literaria y cultura. http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/v17.html [Consulta: 27-10-2008]. ISSN: 1523-1720 NUMERO/NUMBER 17, July 2007.

[2] Conferencia “Scuola di Fantasía”, 17 de abril de 1974, publicada en Riforma alla scuola, vol 27, No 5, pag. 24. Traducción de odette Smith. Teto citado en “Gianni Rodari: valores democráticos , realismo y fantasía”, por Odette Smith. En Espacios para la lectura No. 3-4, pág. 12.

[3] Bauman, Zygmunt. “Vida líquida”. Paidós. Estado y sociedad. No. 143. España, 2005.