Ser bello tampoco me da las satisfacciones que esperaba Imprimir
Escrito por Sergio Rivas Solórzano   


Echarles la culpa de mi suerte a mis padres, a la sociedad, a la naturaleza, a Dios o al Diablo puede ser una explicación bastante razonable, hasta cierto punto. Sin embargo eximirme de la responsabilidad que implica cargar con un físico deprimente y desagradable para la gran mayoría de la gente, no significa librarme de la pena, el sufrimiento y en el mejor de los casos la indiferencia de los demás.
No me da vergüenza confesar los muchos desprecios que he recibido de parte de mujeres  cuando he tratado de ser amable y cariñoso. Su rechazo en tono despótico me ha causado un resentimiento contra su sexo, a tal grado que siendo sincero, he pensado que si tuviera el poder, lo desaparecería del planeta.


De chico mi vida fue hasta cierto punto normal, las niñas me trataron como a los otros niños y ya en sexto de primaria no faltó incluso de entre las mayores que yo, la que me coqueteó y cachondeó; pero esto dejó de ocurrir cuando entré a la secundaria. No faltó la muchachita que me disparó a quema ropa un: ¡tú espantas!, o la que me estrelló en la cabeza un ¡eres un chango!, por ese tiempo me empezó a gustar el soccer  y el rock ruidoso con los que me refugiaba del desinterés que tenían las chicas en mi.

Fue en el Colegio de Bachilleres donde decididamente me volví un alcohólico, esto y el acné que me salió en la cara, junto con las cicatrices que fueron llegando a mi rostro como golpes de un enemigo invisible, desleal y ventajoso terminaron  por hacerme pensar que en el mundo yo no tenía cabida.
Sólo la amistad con muchachos de mi sexo me mantuvo contento, hasta cierto punto. El despertar  de mi sexualidad fue muy tardío, cuando algunos de mis amigos o conocidos ya habían experimentado relaciones sexuales e incluso algunos ya hasta eran padres, yo me conservaba virgen. Mi primera masturbación la hice cuando ya tenía veintidós años y mi primer coito con una prostituta fue cuando cumplí los veintisiete.
Mi piel morena, mi figura aindiada y mi prematura caída del pelo me llevaron a pensaren la injusticia que implica para mí existir, siendo tan ingrato para los demás. Mi escape ha sido la lectura de libros de religión, de filosofía y de política donde he encontrado explicaciones para mi mal, divagaciones para olvidarlo y conclusiones para refutar estas circunstancias, pero como es obvio, todo esto no me ha llevado a lo que más deseo: la belleza y el amor.
Sé que no estoy en condiciones para esperar esperanzado que estos dos conceptos vengan a mí concretizados en una mujer, y por ello busco y encuentro el placer en las drogas y la comida, como maneras de paliar mi infortunio. No trato de justificar mi manera de comportarme, mucho menos trato de hacer sentir lástima a los que me escuchan, es sólo que no sé cómo luchar contra este estado de cosas y por eso convoco a todos los feos del mundo para encontrar solución a esta afrenta.
Que me conforme con lo que tengo, que siempre hay otros que están peor, que busque a una feita como yo, que la belleza está adentro y no afuera, que el dinero embellece, que la belleza es relativa y muy pasajera. Todo esto no es más que otras maneras de decirme que lo que yo quiero jamás lo podré encontrar.
Como un novelista me invento historias donde el héroe, yo, pasando por cientos de infortunios por fin logra la belleza y el amor y pienso como decía Charles Baudelaire en
un verso: “Retén tus sueños, aún ni el sabio los tiene tan bellos como el loco”; aunque yo quisiera que ésos sueños se materializaran con una mujer de carne y hueso.
He pensado en el mundo de las personas que nacen sin el sentido de la vista, esto les debe evitar algunas molestias, o por lo menos ser neutrales a la hora de eligir una compañía, una amistad o una pareja estable. Si toda la gente fuera ciega, los feos estaríamos en las mismas condiciones que los demás y el mundo sería más justo; sin embargo ya no tendría caso o simplemente no existiría la belleza física, como parámetro de poder en el mundo. Quizá el sonido de la voz, una tersa piel y un trato amable o gentil serían suficientes atributos de esa otra belleza, que por otra parte volvería a ser injusta, puesto que esos atributos son diferentes en cada persona.
Algunos pensarán que hablo solamente de trivialidades, pues ellos viven muy bien sin pensar en estas cosas sin sentido, sin duda serán los que se encuentren entre los guapos, los que nada más ven la ecuanimidad, el justo medio, el equilibrio, a ellos les doy la corona a la indiferencia, el trofeo y el certificado de aprobación a la mentalidad de plantas y al sentimiento de rocas.

Las metamorfosis del tiempo esfuman las reticencias físicas al lugar de lo inverosímil  y esto se retrotrae como un golpe de dados en la foránea materia de la faena y la fortuna.

Después de todo el ser bello tampoco me da las satisfacciones que yo esperaba, además de haber quedado súper endeudado con las cirugías que me practicaron con láser, mi piel ahora tersa sin manchas ni cicatrices, me provoca un sentimiento de esclavitud pues no puedo estar expuesto mucho tiempo al sol y debo cuidar que el agua con la que me baño esté en su punto pues de lo contrario podría estropear lo que hizo el cirujano.
En fin, luego de que me quitaron los hilos de las operaciones quirúrgicas, tardé en salir a la calle por lo menos dos semanas, que se me hicieron interminables. Pero valió la pena el esfuerzo económico de diez años de trabajo en el banco, como el sufrimiento a la hora de que me quitaron las costuras.
Tenía que darle este cambio a mi vida, día y noche pensando en mi transformación, después de haber padecido desprecios desde adolescente, por lo que les pareció a las nenas una insoportable fachada. Aunque a fuerza de ser auténtico tengo que confesar que el problema no estaba en mi cuerpo, del todo, pues tengo una estatura regular ante el resto de mis compatriotas, sino en mi siempre ocultable rostro, por el cual también llegué a padecer desde el cambio de asiento en el metro de una señora un poco menos horrible que yo, hasta la vileza pronunciada: ¡estás re feo de algún homosexual ofendido por mi fealdad, que yo trataba de compensar con buena onda y simpatía de las cuales tampoco puedo alardear, pues mi poco atractiva presencia echaba a perder lo demás.
Lo cierto es que desde mis cirugías mi suerte ha cambiado a mi favor, me han hecho dos propuestas de matrimonio y llevo varios adulterios. Mis amigos o conocidos en el trabajo sobre todo, al principio no daban explicación a lo que veían, y es que al comparar alguna fotografía antes de la operaciones y el trasplante de pelo, y verme ahora como estoy les parece inverosímil; aunque ya no sea el renegado que pensaba formar un frente común, para que tanto en las historias en películas, videos y televisión,  ganaran los feos ahora me encuentro de buenas a primeras del otro lado, en ese  sentido soy como el Michel Jackson de mi contexto. Me he vuelto un renegado de mi estado de monstruosidad para convertirme en un apóstol del cuidado del pelo, el cutis y demás.
De cualquier manera no deja de ser molesto el usar cremita para piel grasosa, para cutis limpio, para que no salgan  tan aprisa de nuevo las arrugas, tinte para el pelo, dormir más de ocho horas, no desvelarme ni fumar, ir al gimnasio y hacer ejercicio para que mi cuerpo parezca como mi cara joven y fuerte. Nunca pensé que el ser guapo fuera algo tan desgastante. Ahora prácticamente el 70 % de mi salario está invertido en mi cuerpo y no sé si el que ahora me digan guapo compense el tener todos estos cuidados que me asfixian y a veces me hacen pensar que mi poca atractiva figura anterior era menos pesada y soportable de llevar.
Sin embargo por todo lo que he pasado arribo a las siguientes cavilaciones:
Primero: la belleza es tan verdaderamente artificial porque el que no se preocupa por ser bello, es un masoquista obligado a vivir solo, o un molestoso al que le encanta hacerle daño a los demás con su fealdad.
Segundo: la dictadura de la gente bonita se sostiene de imágenes libidinales que se reproducen, en la masa encefálica de asiduos televidentes e internautas, generalmente analfabetas funcionales.
Tercero y último: la crítica más acerba hacia estos fenómenos suele acometerse por resentidos por antiestéticos, pobres e incapaces de hacerse un extremo tratamiento de belleza. A estas alturas las cirugías no son un lujo sino una obligación para el levantamiento de la autoestima y los suspiros de dos o tres damas aferradas cual Medusas al espejo de las convencionalidades.